Rosaura, cargando a Lupita contra su pecho, obedeció. Al abrir la puerta de la habitación, se topó de frente con 1 niño de unos 7 años. Estaba despeinado, envuelto en 1 cobija de lana gruesa, y la miraba con ojos enormes y asustados.
—Soy Chema —susurró el niño—. Ven, por aquí. Mi tío Elías dice que siempre hay que esconderse cuando los hombres malos gritan.
Chema levantó 1 pesada tabla de madera en el piso, revelando unas escaleras oscuras. Rosaura bajó rápidamente, y el niño la siguió, cerrando la trampilla sobre sus cabezas. En la penumbra del sótano, iluminado apenas por 1 pequeña vela que Chema encendió con 1 cerillo, Rosaura notó algo que le rompió el corazón. En una esquina, sobre 1 mesa de madera, había 1 altar. Había 2 cruces talladas a mano, 1 fotografía vieja de una mujer hermosa, y 1 par de huaraches pequeñitos.
Chema, notando hacia dónde miraba Rosaura, habló en un susurro apenas audible.
—Son mi tía Carmen y mi primo Mateo. Tenía 5 años. Murieron hace 3 inviernos.
—¿Qué les pasó? —preguntó Rosaura, apretando a su bebé.
—Se enfermaron de los pulmones. Pero no tenían que morir. Mi tío Elías trató de llevarlos al doctor en el pueblo, pero don Artemio y sus matones habían bloqueado los caminos por un pleito de tierras. No dejaron pasar la camioneta de mi tío. El pueblo entero vio cómo les rogó de rodillas en la nieve, pero nadie hizo nada por miedo. Todos cerraron sus puertas. Mi tía y mi primo murieron esa misma madrugada en la caja de la camioneta. Desde entonces, mi tío Elías no habla casi con nadie, y me trajo a vivir con él porque yo era huérfano. Él dice que los cobardes matan más que las balas.