PARTE 2
El terror se apoderó de cada músculo en el cuerpo de Rosaura. El aliento se le atoró en la garganta mientras veía, a través del cristal empañado, a los 2 hombres que estaban a punto de destruir su vida. Ramiro, con el rostro enrojecido por el alcohol y la furia, pateaba la nieve con sus botas vaqueras, mientras el hombre del traje —un sujeto al que todos en la sierra conocían como don Artemio, el usurero más despiadado del estado— encendía 1 cigarro con total tranquilidad, como si comprar a 1 bebé fuera tan trivial como adquirir 1 cabeza de ganado.
Rosaura retrocedió tropezando hasta chocar con la pared de adobe de la sala. Sus recuerdos la golpearon con la misma fuerza que los puños de Ramiro. Recordó la noche en el palenque, hace 2 semanas, cuando su marido, borracho y ciego por la ludopatía, había apostado hasta las escrituras de la casa de su madre en las peleas de gallos. Al perder, Ramiro había adquirido 1 deuda de 150000 pesos con Artemio. Y en este rincón olvidado de México, las deudas con esa gente no se pagaban con disculpas; se pagaban con sangre o con mercancía humana. Ramiro, en su infinita bajeza, había ofrecido a su propia hija de 8 meses para que fuera criada por la familia estéril de un jefe criminal en la capital, a cambio de que le perdonaran la vida.
—¡Rosaura, no me hagas tumbar la maldita puerta! —rugió Ramiro desde el porche—. ¡Entrégame a la chamaca! ¡Tú y yo podemos empezar de cero, pero esa niña ya tiene dueño!
En ese instante, Elías salió de las sombras. El gigante no mostraba una sola gota de miedo. Su rostro era una máscara de granito. Con 1 movimiento fluido, le entregó el revólver a Rosaura y tomó de la pared 1 rifle Winchester de cañón largo.
—Vete al cuarto del fondo —ordenó Elías con voz grave y áspera—. Ahí hay 1 trampa en el piso. Métete al sótano de las conservas y no salgas, pase lo que pase.