“¡Llévese a mis 2 hijos!” suplicó la madre llorando… pero el ranchero tomó una decisión que paralizó a todos.

“Cuando yo tenía 19 años, Fausto aún no era el cacique intocable que es hoy, pero ya era 1 hombre consumido por la avaricia,” relató Mateo en voz baja. “Mi padre era dueño de las mejores tierras fértiles de esta sierra. Fausto falsificó documentos, sobornó al juez y trajo a sus hombres armados. Nos desalojaron en la madrugada, en medio de la peor helada que este pueblo había visto en 50 años. Mi padre intentó defender lo nuestro, pero los matones de Fausto lo golpearon hasta dejarlo medio muerto. Tuvimos que caminar 20 kilómetros sin abrigos buscando refugio.”

Mateo hizo 1 dolorosa pausa. Un nudo apretó su garganta y Mariana vio cómo 1 lágrima solitaria rodaba por la mejilla de aquel gigante de hierro.

“Mi hermano menor tenía solo 6 años,” continuó, con la voz quebrada. “No resistió el frío. Se quedó dormido en mis brazos a la orilla del camino y nunca volvió a abrir los ojos. Nadie en el pueblo nos ayudó por el terror que le tenían a Fausto. Prometí sobre la cruz de madera de mi hermanito que si alguna vez encontraba a alguien sufriendo por el frío o por la crueldad de ese hombre, yo mismo lo salvaría. Y juré que algún día, Fausto pagaría por lo que nos hizo.”

Mariana comprendió entonces la magnitud de lo que estaba sucediendo. Comprendió por qué aquel hombre arriesgaba absolutamente todo por ellos. Esa noche, la familia durmió arropada por el fuego, mientras Mateo veló su sueño junto a la ventana, sin cerrar los ojos ni 1 solo minuto.

A la mañana siguiente, el sol brillaba débilmente sobre la nieve. Los 2 niños, ajenos a la amenaza de muerte que flotaba en el aire, rieron por primera vez en meses. Leo estaba en el corral, acariciando el hocico de Relámpago, el caballo principal, mientras Sofía jugaba felizmente con Capitán, el perro ovejero. Leo, que siempre había sido tan serio para sus cortos 7 años, comenzó a caminar detrás de Mateo por el patio, imitándolo como si fuera su padre, aprendiendo a lanzar el lazo. Mariana los observaba desde la cocina, sintiendo que algo marchito en su corazón volvía a florecer.

Pero al mediodía, el infierno prometido llamó a la puerta. 1 convoy de 6 camionetas negras cruzó la entrada principal del rancho, destruyendo el cerco de madera. Esta vez, Don Fausto bajó en persona de su vehículo. Era 1 hombre robusto, vestido con lujo ostentoso y 1 arrogancia despreciable. Traía consigo a 15 hombres armados hasta los dientes.