“¡Llévese a mis 2 hijos!” suplicó la madre llorando… pero el ranchero tomó una decisión que paralizó a todos.

“Estás en propiedad privada, Ramiro,” dijo Mateo con 1 calma escalofriante, reconociendo al líder del grupo.

“No te hagas el héroe,” escupió Ramiro, bajando del vehículo con 1 arma larga en las manos. “Esa mujer le pertenece a Don Fausto. Sus 2 chamacos son su propiedad. Nos los llevamos ahora.”

Mateo levantó su arma lentamente, apuntando directo al pecho de Ramiro. De las sombras de los establos cercanos, 5 de los trabajadores de Mateo, vaqueros leales que darían su vida por el patrón, emergieron en silencio empuñando escopetas y machetes. Los 3 perros del rancho gruñían mostrando los colmillos, listos para despedazar al primero que diera 1 paso en falso.

“Dile a Fausto,” pronunció Mateo, su voz resonando como 1 trueno en la noche helada, “que aquí no hay nada suyo. Y si alguno de tus 8 perros da 1 paso más en mi tierra, les juro por Dios que será el último.”

Ramiro tragó saliva, evaluando la situación. Sabía que los hombres de Mateo tenían entrenamiento y no fallaban. Escupió en la nieve, hizo 1 seña a sus pistoleros y retrocedieron. “Fausto vendrá él mismo por la mañana. Acabas de firmar tu sentencia de muerte, maldito ranchero.” Las camionetas arrancaron velozmente, desapareciendo entre la tormenta.

Mateo volvió a entrar a la cabaña. Mariana lloraba inconsolablemente en el suelo. “Tenemos que irnos en este instante,” suplicó ella, con el rostro bañado en lágrimas. “Va a matarlos a todos por nuestra culpa. Nos esconderemos en el monte.”

Mateo dejó el arma, se acercó a ella y se arrodilló, tomando sus manos temblorosas entre las suyas con 1 firmeza cálida. “Ustedes no van a ir a ninguna parte. Durante 15 años he esperado el momento de volver a tener a Fausto frente a frente. Esta noche, ustedes no trajeron 1 maldición a mi casa, Mariana. Trajeron el destino.”

Mariana lo miró a los ojos, completamente confundida por sus palabras. “¿De qué estás hablando?”

El ranchero caminó hacia la estufa, sirvió 2 tazas de atole caliente y le entregó 1 a Mariana. Se sentó frente al fuego crepitante. Su expresión se volvió profunda, cargando el peso de 1000 tristezas reprimidas.