“¡Mariana!” gritó Fausto, su voz goteando veneno. “¡Sal de ahí y entrégame a mis 2 hijos! ¡Les voy a enseñar a respetarme!”
Mateo salió al porche, pero esta vez bajó las escaleras hasta quedar en el centro del patio nevado, con su rifle descansando en el hombro. A su lado, sus 5 vaqueros lo rodearon de inmediato. Pero Mateo había hecho algo más durante las horas de la madrugada. A lo lejos, el rugido de múltiples motores rompió el silencio. 12 camionetas más, llenas de rancheros vecinos, agricultores y familias enteras que habían sido víctimas de los abusos de Fausto durante décadas, entraron al rancho cerrando la salida de los sicarios. Mateo había usado su radio de onda corta para convocar al pueblo entero.
Fausto miró a su alrededor, su sonrisa arrogante esfumándose de inmediato. Sus 15 hombres estaban ahora rodeados y apuntados por más de 40 lugareños furiosos y cansados de la tiranía.
“¿Qué significa este circo, Mateo?” gruñó el cacique, sudando frío a pesar del clima invernal.
“Significa que se te acabó el poder, Fausto,” dijo Mateo, avanzando hasta quedar a solo 2 metros de su enemigo. “Hace 15 años me quitaste a mi familia en 1 tormenta exactamente igual a esta. Creíste que nunca habría consecuencias. Pero cometiste el peor error de tu vida al venir a mi tierra a intentar robarle los hijos a 1 buena madre.”
Mariana, empoderada por 1 valentía que no sabía que tenía en su interior, salió de la cabaña. Se colocó firme junto a Mateo y miró a su agresor directamente a los ojos.
“Mis 2 hijos no son mercancía para que pagues tus vicios, Fausto. Y ya no te tenemos miedo,” declaró ella, su voz resonando con la fuerza protectora de 1000 leonas.
“Me creen muy valiente, pero yo controlo a la policía,” escupió Fausto, retrocediendo 1 paso.
“Ya no,” respondió Mateo, sacando 1 sobre amarillo de su chamarra. “Hace 1 semana entregué todas las pruebas, libros de cuentas y nombres de tus cómplices a la fiscalía federal en la capital. El ejército viene en camino y ya cortaron las carreteras. Tienes 2 opciones: intentas disparar y te enterramos bajo esta nieve, o te largas sin tus armas y esperas a que los soldados te atrapen en tu mansión.”