Diego me explicó algo que llamó seguridad operativa. Pagar en efectivo. No hablar del caso por teléfono. No repetir rutas. No comentar nada con vecinos. No abrir la puerta a desconocidos sin mirar antes. Tener una historia inocente preparada para cualquier cosa.
—A partir de ahora —me dijo—, su mejor arma es parecer exactamente el hombre que creen que es: un suegro viejo, dolido, ingenuo y lento.
—Eso no me cuesta trabajo.
—Más le vale que no.
Durante los siguientes días se movió como sombra. Se hizo pasar por sobrino preocupado de una anciana adinerada para visitar Los Cedros como potencial cliente. Fue al registro civil, revisó permisos, rastreó contratos, habló con ex empleados, vigiló entradas y salidas desde una camioneta vieja estacionada a media cuadra.
Mientras tanto, yo seguí haciendo mi papel.
Iba al mercado. Saludaba vecinos. Cuidaba nietos. Recibía mensajes de Valeria. Le respondía con normalidad. Fingía no notar que ella empezaba a observarme más de la cuenta.
Una tarde apareció sin avisar.
Traía una carpeta azul.
—Solo son formularios médicos —dijo, dejándolos sobre la mesa—. Para coordinar mejor el tratamiento de Bruno desde el extranjero.
No los toqué.
—Voy a pedirle a Julián que los revise.
La sonrisa de Valeria se tensó.
—Eduardo, de verdad no hace falta meter abogados en todo. Son papeles rutinarios.
—Desde que murió Rosa, no firmo nada sin revisarlo.
Nos sostuvimos la mirada unos segundos. Ella fue la primera en parpadear.
Cuando se marchó, escaneé los documentos y se los mandé a Julián. Me llamó menos de media hora después.
—Ni se te ocurra firmar —dijo—. No son autorizaciones médicas. Le darían acceso completo a tu historial clínico, incluso a las notas sobre duelo y salud mental. Quiere fabricarte incapacidad.
Dos días después sonó el teléfono a las seis de la mañana.
Número desconocido.
Contesté.
Una voz distorsionada, neutra, casi mecánica, dijo:
—Deje de preguntar por Bruno Herrera. Disfrute en paz lo que le queda de vida. Esta es la única advertencia.
La llamada se cortó.
Le avisé a Diego y a Julián.
Julián maldijo en voz baja. Diego solo dijo: