—Eso significa que tocamos un cable real.
El miércoles siguiente, a las nueve quince, un mensajero del juzgado llegó al rancho con un sobre certificado. Mi nombre en mayúsculas negras. El papel olía a tinta fresca y mala noticia.
Petición de evaluación de competencia mental.
Solicitante: Valeria Elena Cáceres Montalvo.
Demandado: Eduardo Martín Herrera Valdez.
La demanda afirmaba que yo estaba olvidando citas, confundiendo fechas, acusando a familiares de delitos imaginarios y mostrando signos de deterioro cognitivo agravado por el duelo no resuelto. Adjuntaban notas médicas fuera de contexto, testimonios anónimos de vecinos y una evaluación psicológica pagada por la propia Valeria.
La audiencia estaba fijada tres semanas después.
Si ganaba, ella se convertía en mi tutora legal.
Yo sería el siguiente.
El mecanismo era tan perverso que casi había que admirarlo. Primero Bruno. Después yo. Luego el rancho, la tierra, el fideicomiso, los niños.
Llamé a Julián.
—Estamos contra el reloj —me dijo—. Si no destruimos la tutela de Bruno antes o durante esa audiencia, puede complicarse muchísimo.
—¿Y Diego?
—Dice que necesita una prueba desde dentro de Los Cedros. Algo que hunda no solo a Valeria, sino al sistema que la está protegiendo.
Esa noche no pude cenar.
Caminé hasta el cementerio pequeño detrás de la capilla, donde estaba Rosa. Llevé flores del jardín porque nunca soportó las compradas. Me arrodillé frente a la lápida.
—Tenías razón —le dije—. Tenías toda la razón. Y yo fui un cobarde.
El aire olía a tierra mojada.
Por primera vez desde su muerte no le pedí que me quitara el dolor. Le pedí otra cosa.
—Nomás no me sueltes la mano.
A la mañana siguiente, Diego llamó antes del amanecer.
—Encontré a alguien —dijo—. Una enfermera. Renunció hace dos semanas. Tiene miedo, pero también asco. Está dispuesta a hablar con nosotros, no en público, no ante un tribunal… todavía no. Quiere venir al rancho. Hoy.
—Que venga.
—Eduardo… —hizo una pausa—. Si esta mujer trae lo que creo que trae, después de esto ya no habrá vuelta atrás.
Miré por la ventana. El cielo apenas se estaba aclarando sobre los potreros.
—Hace mucho que se nos acabó la vuelta atrás.