—Rosa vino a verme antes de morir —me dijo al fin—. No quiso contarme todo lo que sospechaba, pero me pidió que el fideicomiso fuera a prueba de demonios. Nunca entendí por qué usó esa frase. Ahora sí.
Se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz.
—Si lo que me trajiste es auténtico, esto ya no es solo un asunto familiar. Estamos hablando de fraude, abuso de tutela, privación ilegal de la libertad, manipulación médica… quizá intento de homicidio, dependiendo de cómo terminó Bruno en esa residencia.
—Entonces saquémoslo.
—No podemos entrar pateando puertas, Eduardo. Si Valeria sospecha que sabes algo, lo mueve, lo desaparece o te neutraliza a ti primero.
—¿Neutralizarme?
Julián abrió un cajón y sacó una tarjeta blanca sin dirección, solo con un nombre y un número.
Diego Fierro. Investigaciones privadas.
—Karina Duque hizo preguntas sobre Los Cedros hace seis meses —dijo en voz baja—. Publicó una nota sobre irregularidades en varias residencias privadas. Dos días después, la nota desapareció. Dos semanas más tarde, Karina murió en un supuesto accidente de carretera.
Me le quedé viendo.
—¿Tú crees que la mataron?
—Creo que a la gente que construye negocios sobre el encierro de otros no le tiembla la mano para apartar obstáculos.
Tragué saliva.
Julián empujó la tarjeta hacia mí.
—Si vas a pelear, no pelees como ranchero ofendido. Pelea como hombre que quiere llegar vivo al final.
IV. Las preguntas también dejan viudos
Diego Fierro llegó al rancho esa misma noche.
No tocó la puerta enseguida. Primero lo vi por la ventana dar una vuelta completa alrededor de la casa con un aparato pequeño en la mano. Miró el techo, las ventanas, el granero, incluso el viejo roble del patio. Solo después subió al porche y tocó dos veces.
Era un hombre seco, de cabello muy corto y algunas canas que parecían ceniza en la oscuridad. No sonreía. Tampoco parecía necesitarlo.
—Asuma que cualquiera puede estar escuchando —dijo mientras entraba—. Y asuma también que el miedo es parte del costo. Si quiere seguir, lo hacemos bien.
Le mostré todo.
Leyó poco. Más bien miró. Era de esos hombres que entienden la verdad a partir de cómo está doblado un papel o desde qué ángulo fue tomada una foto.
Cuando vio el nombre de Los Cedros, alzó apenas una ceja.
—Mal lugar.
—¿Lo conoces?
—Conocía a Karina Duque.
Lo dijo sin ceremonia, como quien coloca una piedra sobre otra.
—Era buena periodista. Cuidadosa. Publicó una sola vez sobre residencias privadas y tutelas fraudulentas. La borraron del mapa digital y luego la borraron a ella de la carretera.
No hizo falta preguntar más.