La Viuda Aceptó Una Casa Chueca Como Pago De Su Patrona — Pero La Razón De Que Estuviera Chueca…

“Oficial, arresten a estos hombres”, gritó Isabela señalándolos con dedo tembloroso. “Están destruyendo mi propiedad.” El comandante Vargas se acercó con expresión severa. Miró el agujero en la pared, luego a Rodrigo, luego al hombre de negro que intentaba retroceder hacia las sombras. “Rodrigo Mendoza”, dijo el comandante con voz que no admitía discusión. ¿Está usted arrestado por daño a propiedad privada y allanamiento de morada? Tiene derecho a Espere, interrumpió Rodrigo con voz desesperada. No entiende. Esta mujer tiene algo que pertenece a mi familia.

Mi tía se lo dio ilegalmente. Hay una fortuna escondida en esa casa. Que una fortuna. Preguntó el comandante Vargas con tono escéptico. ¿Qué clase de fortuna? Rodrigo señaló hacia el agujero en la pared. Ahí adentro, el detector de metales lo confirmó. Hay oro, plata, objetos valiosos. Mi abuelo los escondió ahí hace décadas y ahora esta mujer, lo que hay en esa casa, interrumpió la voz firme de doña Estela acercándose al grupo. Es legalmente propiedad de Isabela Ramírez.

Las escrituras que firmamos incluyen explícitamente el contenido completo de la propiedad. Cualquier cosa dentro de esa casa es suya por derecho legal. Pero tía, esa era la herencia familiar. No puedes simplemente regalársela a una extraña. Puedo hacer lo que quiera con mis propiedades, Rodrigo. Y lo hice. Doña Estela se volvió hacia el comandante. Tengo aquí copias certificadas de las escrituras. Todo fue hecho legalmente ante notario. Esta mujer salvó la vida de mi nieto. Le di la casa y todo su contenido como muestra de gratitud.

Mi sobrino no tiene ningún derecho legal sobre nada de esto. El comandante revisó los documentos que doña Estela le entregó. Luego miró a Rodrigo con disgusto. Señor Mendoza, los documentos están en orden. Usted no tiene ningún derecho sobre esta propiedad o su contenido. Lo que hizo esta noche constituye un delito grave. Hizo una señal a sus oficiales. Arréstenlo. No, espere, gritó Rodrigo mientras los oficiales se acercaban. Puedo pagarle. Puedo. Pero las esposas ya estaban en sus muñecas.