Rodrigo está aquí. Está afuera de la casa con alguien. Tienen un detector de metales. Están investigando el cuarto, saben que hay algo.” El silencio al otro lado de la línea duró solo un segundo, pero se sintió como una eternidad. “No salgas. Cierra todas las puertas. Voy para allá ahora mismo y voy a traer ayuda. La línea se cortó. Isabela colgó el teléfono con manos temblorosas y corrió a verificar que todas las puertas estuvieran cerradas con llave. Luego fue a los cuartos de sus hijos.
Emiliano estaba despierto, sentado en su cama con ojos asustados. Mamá, escuché ruidos afuera. Lo sé, mi amor. Quédate aquí con tus hermanos. No salgan por nada del mundo. ¿Entendido? Emiliano asintió, pero Isabela vio el miedo en sus ojos. Era tan joven todavía, demasiado joven para tener que vivir con este tipo de amenazas. Regresó a la sala justo cuando escuchó el golpe en la puerta principal. Fuerte, autoritario, nada amigable. Isabela, abre la puerta. Sé que estás despierta. Era la voz de Rodrigo, pero había algo diferente en ella.
Ahora ya no había pretensión de cortesía, ya no había máscaras, solo rabia pura y codicia. “¡Vete de mi propiedad o llamo a la policía!”, gritó Isabela desde el otro lado de la puerta. “Adelante, llámala. Para cuando lleguen ya habré encontrado lo que estoy buscando.” Isabela escuchó pasos alejándose de la puerta principal. Corrió a la ventana y vio con horror como Rodrigo y el hombre de negro se dirigían hacia la parte trasera de la casa. Hacia el cuarto cerrado, Rodrigo cargaba algo que parecía un mazo pesado.
Iban a romper la pared. Isabela corrió hacia el pasillo que conducía al cuarto. Puso su espalda contra la puerta cerrada como si su cuerpo pudiera detener lo que venía. Escuchó el primer golpe del mazo contra el adobe exterior, luego el segundo, luego el tercero. Cada impacto hacía temblar toda la casa. “Detenganse”, gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Esta es mi propiedad. Lo que están haciendo es ilegal. Pero los golpes continuaron. El adobe viejo comenzó a ceder.
Isabela podía escuchar los pedazos cayendo al suelo exterior. Estaban a punto de abrir un agujero en la pared, a punto de ver lo que había dentro. Entonces, como respuesta a una oración desesperada, escuchó el sonido de vehículos acercándose rápidamente por el camino de terracería. Muchos vehículos. Corrió a la ventana delantera. y vio tres camionetas entrando a la propiedad con las luces encendidas. La primera era la camioneta blanca de doña Estela. Las otras dos eran patrullas de la policía municipal de Lagos de Moreno.
Doña Estela bajó de su vehículo seguida por cuatro oficiales uniformados y un hombre de traje que Isabela reconoció. Era el comandante Vargas, el jefe de policía del municipio. Los golpes en la pared trasera se detuvieron abruptamente. Isabela salió corriendo de la casa y encontró a Rodrigo y al hombre de negro parados junto a un agujero del tamaño de un balón de fútbol en la pared de adobe. Rodrigo tenía el mazo todavía en las manos. Su rostro estaba pálido bajo la luz de las linternas policiales.