Por primera vez en mucho tiempo sintió paz. habían logrado, contra todo pronóstico, contra las amenazas de Rodrigo, contra los rumores del pueblo, habían convertido esta casa chueca en un hogar. Pero la paz duró poco. A las 3 de la mañana, Isabela se despertó con un sonido extraño, un crujido. Pero no era el crujido normal de una casa vieja acomodándose, era el crujido de alguien caminando con cuidado, intentando no hacer ruido. Se levantó sin encender las luces y caminó descalza hacia la sala.
La luz de la luna entraba por las ventanas nuevas, creando sombras alargadas en el piso. Todo parecía normal. Tal vez solo había sido su imaginación. Entonces escuchó otro sonido. Este venía de afuera, del lado este de la casa, del lado donde estaba el cuarto cerrado. Isabela corrió hacia la ventana más cercana y miró hacia afuera. Lo que vio hizo que se le helara la sangre. Había un hombre afuera vestido completamente de negro con una linterna pequeña. Estaba examinando la pared exterior del cuarto cerrado, tocándola con las manos, midiendo algo con una cinta métrica y junto a él, en la oscuridad estaba Rodrigo Mendoza.
Estaban buscando algo. Estaban intentando entender por qué ese lado de la casa se inclinaba tanto. Estaban a punto de descubrir el secreto del cuarto e Isabela, sola en la oscuridad de su casa, con sus seis hijos dormidos e indefensos, supo que la verdadera guerra acababa de comenzar. Porque si Rodrigo descubría lo que había en ese cuarto, si entendía el verdadero valor de lo que su tía le había dado, no se detendría ante nada para quitárselo, absolutamente nada.
Isabela observó desde la ventana oscura como Rodrigo y el hombre vestido de negro examinaban la pared exterior del cuarto. Sus manos se movían sobre el adobe viejo, buscando señales, midiendo la profundidad de la inclinación. El hombre sacó algo que parecía un detector de metales portátil y lo pasó lentamente por la pared. El aparato emitió un pitido constante. Rodrigo sonrió en la oscuridad. Era la sonrisa de un depredador que acaba de encontrar a su presa. Isabela retrocedió de la ventana con el corazón martillando en su pecho.
Tenía que hacer algo. Pero, ¿qué? Si salía a enfrentarlos, podrían volverse violentos. Si llamaba a la policía para cuando llegaran ya se habrían ido. Y lo peor de todo, ahora Rodrigo sabía. Tal vez no entendía exactamente qué había en el cuarto, pero sabía que había algo metálico, algo pesado, algo valioso. Corrió al teléfono que habían instalado con la nueva línea eléctrica y marcó el número de la hacienda a los laureles. Sonó cuatro veces. Cinco. Seis. Finalmente, la voz somnolienta de doña Estela contestó, “Bueno, doña Estela, soy Isabela.