Ya sabes cómo es la gente del pueblo, chismosa, curiosa. Me imagino que pronto vas a tener muchas visitas, gente preguntando qué tiene de especial esta casa vieja para que mi tía te la regalara. Gente especulando, gente investigando. El mensaje era claro. Rodrigo iba a hacer correr rumores, iba a atraer atención hacia esta propiedad y si suficientes personas empezaban a hacer preguntas, eventualmente alguien descubriría el secreto del cuarto cerrado. El Mercedes arrancó y se alejó levantando polvo. Isabela se quedó parada en el pórtico, temblando de furia y miedo.
Sus hijos salieron de la casa y se amontonaron a su alrededor. “Mamá, ¿quién era ese señor?”, preguntó Lucía con voz asustada. “Nadie importante, mi amor, solo un hombre malo que pronto bata aprender que no puede intimidarnos.” Pero en su interior, Isabela sabía la verdad. Estaba en problemas, problemas graves. Rodrigo iba a usar todos los recursos a su disposición para quitarle esta casa y ella no tenía dinero para contratar abogados. No tenía conexiones políticas, no tenía nada, excepto una casa chueca llena de tesoros que no podía vender sin atraer preguntas peligrosas.
Necesitaba ayuda y solo había una persona en el mundo que podía dársela. Emiliano llamó a su hijo mayor. Necesito que te quedes cuidando a tus hermanos. Voy a salir un rato. ¿A dónde vas? A ver, a doña Estela. Esto no puede esperar. Isabela caminó por el camino de Terracería hasta la carretera principal, donde logró detener un autobús que la llevó a Lagos de Moreno. Desde ahí tomó un taxi que no podía pagar hasta la hacienda a los laureles.
Cuando tocó la puerta de servicio, fue Rosa quien le abrió. Isabela, ¿qué haces aquí? Creí que ya no necesito hablar con doña Estela. Es urgente. Rosa la dejó pasar y fue a buscar a la millonaria. Isabela esperó en la cocina con las manos entrelazadas y el corazón galopando. Cuando doña Estela entró, su rostro se llenó de preocupación. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? Los niños están bien. Rodrigo fue a la casa esta mañana, dijo Isabela sin rodeos. Tomó fotos.
Dijo que va a llamar a Protección Civil para que condenen la propiedad y está corriendo rumores en el pueblo para que la gente se pregunte qué tiene de especial esa casa. Doña Estela cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo y cansado. Sabía que iba a hacer algo así. Mi sobrino nunca acepta una derrota. Abrió los ojos y miró a Isabela con determinación, pero él no sabe con quién se está metiendo. Ni él ni Protección Civil pueden quitarte esa casa si tú no quieres venderla.
Las escrituras son legales e inapelables, pero si la declaran inhabitable, no podré vivir ahí. Y entonces Rodrigo va a seguir presionando hasta que no tenga más opción que vender. No, si arreglamos la casa primero. No tengo dinero para las reparaciones y usted ya me dio demasiado. No puedo pedirle más. Doña Estela tomó las manos de Isabela entre las suyas. Isabela, abriste el cuarto. Ella asintió con lágrimas amenazando con desbordarse. ¿Viste lo que hay dentro? Sí, vi. todo.
No puedo creer que sea real. No puedo creer que ahora sea mío. Entonces ya sabes la respuesta, dijo doña Estela con suavidad. Vende una pieza, solo una, algo pequeño que no llame mucho la atención. Usa ese dinero para arreglar la casa. Hazla habitable y cuando Protección Civil venga a inspeccionarla, no van a tener ningún argumento legal para condenarla. Isabela la miró con los ojos muy abiertos. vender una pieza. Pero, ¿cómo? ¿Dónde? ¿A quién? Yo te voy a ayudar.