La Viuda Aceptó Una Casa Chueca Como Pago De Su Patrona — Pero La Razón De Que Estuviera Chueca…

Doña Estela sonríó con tristeza. Yo ya tuve mi vida, ya tuve mi oportunidad. Ahora es tu turno y el de tus niños. Se quedaron en silencio durante largo rato, escuchando la lluvia, cada una perdida en sus pensamientos. Finalmente, doña Estela se despidió con un abrazo que Isabela no esperaba y se fue en su camioneta blanca desapareciendo en la cortina de agua. Isabela se quedó parada en el pórtico con la llave en la mano, temblando, no de frío, sino de anticipación mezclada con miedo.

Dentro de esa casa, detrás de esa puerta cerrada, esperaba algo que podía cambiar su vida para siempre, pero también algo que la hacía vulnerable. Porque si Rodrigo y Fernanda se enteraban del verdadero valor de lo que había dentro, un trueno retumbó en el cielo tan fuerte que hizo temblar la casa. Los niños gritaron asustados desde adentro. Isabela se apresuró a entrar para calmarlos. Esa noche, después de una cena sencilla y de acostar a los niños, Isabela se paró frente a la puerta cerrada con la llave en la mano.

La casa estaba en silencio absoluto, excepto por el tamborileo constante de la lluvia en el techo y el ocasional crujido de la madera. extendió la mano hacia el candado. La llave se deslizó en la cerradura como si hubiera estado esperando ese momento durante décadas. Giró con un clic metálico que resonó en el pasillo como un disparo. El candado se abrió. Isabela lo quitó con manos temblorosas y lo dejó caer al suelo. Puso la mano en la manija de la puerta.

Estaba helada. Respiró hondo una vez, dos veces, tres veces. Luego empujó. La puerta se abrió lentamente con un chirrido largo y agonizante. La oscuridad del interior era absoluta. Isabela no podía ver nada más allá del umbral, solo oscuridad y ese olor extraño, como a papel viejo y madera antigua y algo más que no podía identificar. Buscó a tias el interruptor de luz junto a la puerta, pero no encontró ninguno. Por supuesto que no. Esta casa era muy vieja, no tenía electricidad en ese cuarto.

Necesitaría velas o una lámpara de aceite, algo con que iluminar ese espacio que había permanecido cerrado durante tanto tiempo. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando vio algo que hizo que se le detuviera el corazón. En la oscuridad absoluta del cuarto, algo brillaba. No era mucho, solo un destello tenue, como luz reflejándose en una superficie pulida. Pero estaba ahí y parecía moverse levemente como si respirara. Isabela dio un paso hacia atrás con todos los bellos del cuerpo erizados y entonces desde algún lugar en la profundidad de ese cuarto oscuro, escuchó un sonido que no podía ser real, un sonido que la dejó completamente paralizada.