El espacio estaba vacío. Vacío y frío, como si nunca hubiera estado.
El corazón de Don Pedro se encogió hasta doler. Un pánico helado le subió por la garganta, ahogando cualquier sonido.
Se levantó tambaleándose, ignorando el dolor en su cabeza. Corrió hacia donde Sofía había estado.
“¡Sofía! ¡Mi niña! ¿Dónde estás?”, su voz era ahora un grito desesperado.
Buscó detrás del carrito volcado, bajo los arbustos cercanos, a lo largo de la banqueta. Nada.
Solo encontró un pequeño zapato de Sofía, de color rosa, tirado justo al lado de la mancha de aceite que había dejado la camioneta al arrancar.
Lo tomó en sus manos temblorosas. Estaba sucio, con una pequeña mancha oscura.
La realidad le golpeó como un rayo. No se la habían llevado los elotes. Se habían llevado a su nieta.
Cayó de rodillas, el zapato apretado contra su pecho. Las lágrimas, que hasta ese momento había contenido, brotaron sin control.
El sol se ponía, pero para Don Pedro, el mundo se había vuelto completamente oscuro.
La Promesa Bajo la Luna
Un vecino, el señor Ramón, que salía de su casa para pasear a su perro, vio la escena. El carrito destrozado, los elotes esparcidos, y a Don Pedro, un hombre fuerte, de rodillas y llorando.
“¡Don Pedro! ¿Qué pasó? ¿Está usted bien?”, exclamó Ramón, corriendo hacia él.
Don Pedro levantó la vista, sus ojos inyectados en sangre y llenos de un horror indescriptible. “Se… se la llevaron, Ramón. Se llevaron a mi Sofía”.
Ramón se quedó helado. “¿Sofía? ¿Quién se la llevó? ¿Los que hicieron esto con su carrito?”