Don Pedro asintió, incapaz de articular más palabras. Solo pudo señalar el zapato rosa en sus manos.
En cuestión de minutos, el barrio se movilizó. Llamaron a la policía. Las sirenas rompieron el silencio de la noche.
Llegaron patrullas, luces intermitentes iluminando la desolación. Un detective de rostro grave, el agente Mendoza, tomó la declaración de Don Pedro.
“¿Los vio bien, Don Pedro? ¿Algún detalle de la camioneta? ¿De los jóvenes?”, preguntó Mendoza con una libreta en mano.
Don Pedro, con la voz apenas audible, describió lo poco que pudo. La camioneta negra, los tres jóvenes, las risas. Pero todo era difuso, borroso por el golpe y el pánico.
La búsqueda comenzó. Vecinos, policías, voluntarios. Recorrieron cada calle, cada callejón. Gritaron el nombre de Sofía una y otra vez.
Pero no hubo respuesta. Solo el eco de su propio miedo.
Don Pedro se sentó en el escalón de su casa, la pequeña casa que compartía con Sofía. La muñeca de trapo de la niña estaba ahora en su regazo, el zapato rosa a un lado.
La luna llena se asomó por encima de los tejados, bañando el barrio en una luz fantasmal. Era una noche que nunca olvidaría.
Una noche que le robó todo.
“Te encontraré, mi niña”, susurró Don Pedro, apretando la muñeca contra su pecho. “Lo prometo. Te encontraré, cueste lo que cueste”.
La impotencia era un veneno lento, pero la determinación ardía en su alma. Sabía que esto era solo el principio.
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