El Silencio Que Congeló el Alma
Con la vista borrosa y el dolor palpitando en su cabeza, Don Pedro intentó levantarse. Su corazón latía a mil por el susto y la indignación.
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Se apoyó en su mano, sintiendo el pegajoso tacto de los elotes destrozados. Su mundo se había puesto patas arriba.
Lo primero que buscó no fue su carrito, ni sus elotes, ni el dinero que se había caído. Fue a Sofía.
“¡Sofía! ¿Estás bien, mi amor?”, gritó con la voz ronca, quebrada por el miedo y el dolor.
Miró desesperadamente hacia el lugar donde ella siempre jugaba. Donde había dejado su muñeca de trapo.
La muñeca seguía ahí, inerte en el suelo, con sus ojos de botón mirando al cielo. Pero la pequeña Sofía… ya no estaba.