La Sombra del Maíz: El Secreto que Destrozó a un Abuelo

“Miren lo que tenemos aquí, chicos”, dijo uno de ellos, el más alto, con un tono de voz que a Don Pedro le sonó a veneno. “Un viejito vendiendo sus cochinos elotes”.

Don Pedro se irguió, tratando de parecer más grande de lo que era. “Buenas tardes, jóvenes. ¿Se les ofrece algo?” Su voz, aunque temblorosa, intentaba sonar firme.

El joven se acercó, su aliento a alcohol le golpeó la cara. “¿Ofrecer? Claro que sí, abuelo. Un poco de diversión”.

Antes de que Don Pedro pudiera reaccionar, el joven empujó el carrito con una fuerza brutal. Las ruedas se levantaron del suelo.

Los elotes volaron por los aires, cayendo en el pavimento con un chapoteo húmedo. El chile en polvo se esparció como una nube rojiza.

El carrito se volcó con un estruendo metálico. Don Pedro, que se aferraba a él, perdió el equilibrio.

Cayó al suelo con un golpe seco. Su cabeza chocó contra el pavimento agrietado. Un dolor punzante le atravesó la sien.

Los muchachos estallaron en carcajadas. Eran risas huecas, crueles, que resonaban en la calle vacía.

“¡Así se hace, güey!”, gritó uno de ellos desde la camioneta.

El conductor, que había permanecido dentro, aceleró el motor. Los tres jóvenes subieron deprisa, con una última mirada de desprecio hacia el viejo en el suelo.

La camioneta se alejó a toda velocidad, dejando atrás una estela de polvo y el eco de sus risas.

Don Pedro yació en el suelo por un momento, aturdido. La humillación era una quemadura en su pecho.