Sostenía su bastón con ambas manos, como si fuera lo único firme en medio de ese mundo que no podía ver. Su traje era limpio, pero viejo. Demasiado simple para ese lugar. Aun así, se había peinado con cuidado. Como siempre hacía cuando quería “estar presentable”.
Nadie estaba a su lado.
Nadie le hablaba.
Y aun así, su rostro tenía una paz extraña. Como si le bastara saber que yo estaba ahí.
Sentí un nudo en la garganta.
Todo esto… era por él.
Por darle algo mejor.
Por sacarlo de la vida dura que había llevado tantos años.
Por eso había aceptado.
Por eso había callado.
—Qué curioso, ¿no?
La voz me heló antes de terminar de voltear.
Doña Teresa.
Mi suegra.
Estaba a mi lado sin que me diera cuenta. Elegante, impecable, con una sonrisa que no alcanzaba a ser cálida.
—Con lo poco que tienes… lograste llegar hasta aquí —dijo, observándome de arriba abajo—. Hay que saber aprovechar la suerte cuando se presenta.
Bajé la mirada por instinto.
—Gracias, señora…
Ella soltó una risa leve. No era amable.