Sentí que la sonrisa se me desprendía del rostro como un vidrio al caer al suelo.
Le tomé el antebrazo.
—Álvaro —dije, y hasta a mí me sorprendió lo calmada que sonó mi voz—. ¿Qué significa esto?
Tardó en reaccionar. Primero me sonrió, como si no hubiera entendido. Luego siguió la dirección de mi mirada y lo vi cambiar. El color se le fue un poquito del rostro. Tragó saliva. Bajó la vista.
—Clau, yo…
—¿Dónde están los lugares de mis papás?
Antes de que contestara, apareció ella.
Doña Estefanía de la Torre caminaba como caminan las mujeres que han pasado demasiado tiempo creyéndose dueñas del mundo: lenta, segura, con la espalda recta y el mentón apenas levantado. Llevaba un traje sastre color champaña que parecía costar más que mi primer coche, perlas discretas, labios pintados con un tono exacto entre el poder y la frialdad, y una sonrisa que nunca, ni una sola vez desde que la conocí, le llegó a los ojos.
Puso una mano enguantada sobre mi brazo.
—Claudia, reina, no hagas esa cara. Fue un pequeño ajuste de último momento.
Yo no aparté la mirada de Álvaro.
—¿Ajuste?
Doña Estefanía soltó una risita suave.
—Ay, sí, ya sabes cómo son estas cosas. Con tanta gente importante, con el señor arzobispo, con la familia Barragán de Querétaro, con los socios de Ricardo… hubo que reorganizar un poco.
Entonces la miré a ella.
—¿Reorganizaron a mis papás?
Vi, de reojo, cómo Sofía dejaba su copa sobre una mesa cercana y se acercaba apenas un paso, alerta. Vi también a Eva, al fondo, inmóvil, entendiendo que algo andaba mal.