Y por primera vez en toda la noche me sentí a salvo.
No duró mucho.
Porque apenas cerramos la puerta, el mundo real volvió a entrar conmigo.
Sofía se quitó los tacones, sacó la laptop de la bolsa y se sentó en la mesa del comedor.
—Voy a redactar un comunicado. Breve, limpio, sin melodrama. Si ellos quieren guerra, no se la vamos a regalar con histeria. Se van a topar con papel membretado.
Mi mamá fue al baño a lavarse la cara. Mi papá se quedó en la sala, quieto, mirando la nada.
Me acerqué a él.
—Papá…
Se levantó de golpe y me abrazó.
Mi papá no era de abrazar así. Era hombre de manos en el hombro, de llevarte al taller, de comprarte un helado sin decir mucho. Por eso, cuando me rodeó con esos brazos grandes y ásperos, y sentí que le temblaban, supe la magnitud de lo que había pasado.
—Nunca debiste pasar por esto —murmuró.
—Ustedes tampoco.
Me separó lo suficiente para mirarme.
—No. Escúchame bien. Esto no fue por nosotros. Esto fue por lo que ellos son. Y si tú no hubieras hecho lo que hiciste, yo me habría arrepentido toda la vida de quedarme callado.
Asentí, sin poder hablar.
Detrás de nosotros, Sofía empezó a leer en voz alta:
—“Claudia Reyes informa que, debido a diferencias irreconciliables surgidas durante el evento celebrado esta noche, no continuará con la unión matrimonial prevista. Agradece las muestras de respeto y solicita privacidad para ella y su familia en este momento”. ¿Te gusta?
—Me encanta —dije.
—Perfecto. Se publica mañana a primera hora.
Entonces sonó el timbre.