Sofía soltó una carcajada breve, sin humor.
—Doña Estefanía no es una mujer que pierda en público y luego se vaya a dormir. Claro que va a contraatacar. Va a querer pintar a Claudia como la resentida, la interesada, la loca, la trepadora que no aguantó no estar al nivel.
—Que lo intente —dije.
Y al decirlo sentí que algo nuevo se acomodaba en mí. Ya no era el coraje del momento. Era una determinación más fría, más inteligente.
Mi teléfono volvió a vibrar, pero esta vez no era Álvaro. Era una llamada de Eva.
Contesté.
—¿Dónde están?
—En camino a mi casa.
—Voy para allá —dijo sin saludar siquiera—. Y me llevo el cargador, una sudadera y los chocolates que guardaba mamá para Navidad.
Eso me sacó una sonrisa real.
—Te amo.
—Ya sé. También yo. Y por cierto, Claudia…
—¿Sí?
—Estuviste cabrona.
La llamada se cortó.
Mi mamá se persignó bajito.
—Ay, Eva.
Pero hasta ella sonrió un poquito.
Llegamos a mi departamento en la Del Valle poco antes de medianoche. Era mi departamento. Mi espacio. El lugar que nunca vendí a pesar de que Álvaro, con su suavidad venenosa, me había sugerido más de una vez que no tenía sentido conservar un departamento “tan chiquito” si nos íbamos a vivir a una casa grande “como correspondía”.
Subimos en silencio. Al abrir la puerta, el olor a libros, café viejo y madera me golpeó con una ternura brutal. Mi sala con plantas medio secas, mis cuadros, la foto de mis papás en Veracruz, el sillón donde Sofía y yo habíamos pasado madrugadas enteras viendo series malas y arreglando el mundo. Todo seguía en su sitio.