—Lo de la grabación fue puro bluff —dije—. No tengo nada de esa conversación.
Sofía alzó una ceja.
—Lo sé. Pero ellos no. Y con la cara que pusieron, la grabación ya ni hizo falta.
Mi teléfono vibró en el bolso. Luego otra vez. Luego una tercera.
Lo saqué.
Álvaro.
Dejé que sonara hasta que se cortó. Llegó un mensaje de inmediato.
Claudia, por favor. Esto fue un malentendido. Mamá se pasó, sí, pero podemos arreglarlo. Vuelve. Hablemos. Te amo.
Sentí asco. Un cansancio tan grande que casi me dio sueño.
Escribí:
El malentendido fue mío: creer que eras un hombre. No me llames más. Todo por medio de mi abogada, Sofía Mendieta.
Sofía estiró la mano hacia atrás sin voltear.
—Mándamelo antes de que te arrepientas.
Se lo reenvié.
Luego apoyé la cabeza en el asiento y cerré los ojos un segundo.
—Lo primero —dijo ella, con tono profesional— es dejar claro que legalmente no hay matrimonio civil consumado. La misa fue sólo religiosa; el acta se iba a firmar el lunes porque “quedaba más bonito”, según tu suegra. Qué bendición, mira. Así nos ahorramos un divorcio y vamos por nulidad de inmediato.
—Bendita frivolidad —murmuré.
—Segundo —siguió—, las capitulaciones. Menos mal insististe en no mezclar bienes.
Mi papá la miró por el retrovisor.
—¿Hubo algo firmado?
—Proyecto firmado, sí. No protocolizado aún. Pero suficiente para mostrar intención de separación patrimonial. Y tercero —dijo, y entonces su voz cambió, se volvió más filosa—, necesito todo lo que tengas de ellos. Mensajes, correos, comentarios, desplantes. Todo.
Mi mamá parpadeó.
—¿De verdad va a ser tan feo?