Yo respiré hondo antes de hablar.
—No. Ustedes hicieron eso solos. El día que me empacaron como si fuera basura.
Mi madre me señaló con un dedo tembloroso.
—¡Teníamos razones! Eras difícil. Contestón. Desobediente. Siempre trayendo problemas.
—Tenía catorce años.
—Eras insoportable.
—Era un niño.
—¡Un niño que arruinaba el ambiente de la casa!
Ahí Sebastián habló por primera vez. Bajito, casi como si le diera miedo existir.
—Mamá…
Ella no lo oyó o fingió no oírlo.
—Nosotros hacíamos todo por ti y tú nunca supiste agradecer.
Me reí sin humor.
—¿Qué hicieron por mí? ¿Compararme? ¿Ignorarme? ¿Expulsarme? Dame ejemplos, porque me da curiosidad.
Mi padre cerró los ojos, cansado.
—Patricia, ya…
—¡No, Eduardo! ¡No me voy a quedar callada mientras este mocoso se queda con lo que nos corresponde!
El licenciado abrió otra carpeta.
—Tengo aquí las declaraciones de los testigos. El certificado del médico. Y además, don Manuel dejó un video grabado hace tres meses. ¿Desean verlo?
Nadie respondió. Pero tampoco se opuso.
Encendió la laptop y giró la pantalla.
Ahí apareció mi abuelo sentado en su sillón verde. Más delgado que antes, sí. Más cansado. Pero con esa mirada afilada que no admitía tonterías. Traía una camisa a cuadros y las manos apoyadas sobre el bastón.
Habló directo a la cámara.
—Eduardo, si estás viendo esto es porque ya me morí y ya vienes a pelear dinero. Te conozco. Y si tu esposa está ahí, peor.
Mi madre soltó un jadeo indignado. El licenciado subió apenas el volumen.
—Escúchame bien. Rodrigo me cuidó seis años. Me llevó al doctor. Me cocinó cuando ya no podía. Me aguantó cuando me puse necio. Abrió el taller conmigo, cerró el taller conmigo, y nunca me dejó solo. Tú no llamaste ni en Navidad. Ni una sola vez. Así que no vengas ahora a hacerte el hijo.
Mi padre tenía la cabeza baja.
Mi abuelo siguió:
—Rodrigo es mi hijo más que tú, porque el hijo no es solo el que nace, también es el que se queda. Lo que es mío, es de él. Y si quieres pelear, pelea. Pero te vas a quedar sin dinero y sin dignidad, porque yo me aseguré de que así sea.
El video terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Fue uno de esos silencios que cambian la forma de respirar en un cuarto.
Luego mi madre, roja de furia, se levantó de golpe.
—¡Eso fue manipulado!
El licenciado no se inmutó.
—El archivo tiene fecha, peritaje y respaldo.
—¡Rodrigo lo manipuló durante años!
—Manipularlo a que lo cuidara mientras ustedes no aparecían —respondí—. Sí, claro. Qué maquiavélico.
Mi padre por fin levantó la mirada hacia mí. Vi algo ahí. Algo real. Algo que quizá era culpa. O vergüenza. O miedo. Pero había llegado demasiado tarde.
—Rodrigo… —dijo, y su voz sonó vieja—. Las cosas se complicaron mucho en Guadalajara. Yo… yo debí buscarte.
—Sí —respondí—. Debiste.
No le facilité nada más.
Mi madre volvió a sentarse, pero no se rindió.
—Vamos a impugnar.
—Pueden hacerlo —dijo el licenciado—. Mi deber es informarles que perderán tiempo, dinero y probablemente el juicio.
—Este testamento es una injusticia.
Lucía habló por primera vez, con voz firme y limpia.
—No. La injusticia fue sacar a un niño de su casa. Esto es consecuencia.
Mi madre la miró con desprecio.
—¿Y tú quién eres?
—La persona que sí estuvo aquí —dijo Lucía.
Eso la dejó muda un segundo.