Solté una risa amarga.
—¿Y a ustedes qué les da derecho? ¿La sangre? ¿La costumbre de aparecer solo cuando conviene?
Mi padre quiso tomar un tono razonable.
—Rodrigo, no se trata de pelear. Se trata de ser justos.
Ahí sí me herví por dentro.
—¿Me vas a hablar de justicia tú?
Mi madre se ofendió, teatral.
—Jamás te faltamos al respeto.
La miré fijo.
—“No sirve para nada, suegro. No es como Sebastián.” ¿Te suena?
Se quedó blanca.
Mi padre bajó los ojos.
—Veintiocho de junio —seguí—. Viernes. Siete cuarenta de la noche. Cenaron enchiladas verdes. Yo traía la camisa de educación física. Ustedes me empacaron sin preguntarme nada. ¿Quieres que siga?
Sebastián, que había permanecido callado a tres metros de distancia, parecía querer desaparecer.
—Nos veremos con el notario —dije—. Ahí se enteran de lo que decidió mi abuelo. Y lo que él decidió se respeta.
Me subí a la camioneta. Lucía se sentó a mi lado sin decir una sola palabra. Cerré la puerta. Encendí el motor. No miré el retrovisor.
Esa noche no dormí.
Me quedé en el sillón verde de mi abuelo, con una taza de café que se enfrió sin que yo la tocara. La casa entera olía a ausencia. Cada objeto estaba donde él lo había dejado: sus lentes sobre la mesa, la radio pequeña en la cocina, una gorra colgada en la silla, un recibo de refacciones doblado dentro del cenicero vacío.
El teléfono vibró tres veces.
Mi madre.
“No seas injusto con nosotros.”
“Tu padre está muy afectado.”
“¿Podrías al menos decirnos qué dice el testamento?”
No preguntó cómo estaba yo.
No preguntó si había comido.
No preguntó si necesitaba ayuda para nada.
Solo el testamento.
A las dos de la mañana escribió Sebastián aparte.
“Perdón por todo esto. Yo no quería ir, pero mamá insistió.”
Le respondí:
“Te creo.”
Nada más.