No hubo escena. No le di ese privilegio.
—Hola —dije.
Mi padre se tensó. Mi madre parpadeó, herida.
—Rodrigo, por favor —murmuró—. Estamos aquí por tu abuelo.
La miré a los ojos.
—Si estuvieran aquí por mi abuelo, habrían venido cuando todavía respiraba.
Mi padre intervino de inmediato.
—No es momento para esto.
—Tienes razón —respondí—. Entonces siéntense, den el pésame y no hagan una escena.
Se sentaron en la última fila, como extraños mal vestidos en una obra donde no entendían su papel.
Lucía se inclinó hacia mí.
—¿Estás bien?
—No. Pero voy a aguantar.
Durante el velorio habló don Carmelo. Habló la señora Rosario. Hablé yo, con la voz rota, contando cómo mi abuelo no sabía medir el azúcar pero sí medir el corazón de la gente; cómo podía detectar una falla en un motor con solo escuchar dos segundos; cómo fingía enojarse cuando los perros callejeros le rompían las bolsas de basura, pero luego les dejaba huesos a propósito.
Mis padres no hablaron.
¿Qué iban a decir?
¿Que lo extrañaban?
¿Que eran familia?
¿Que lamentaban no haber estado?
No había frase que no sonara podrida viniendo de ellos.
Después del entierro, en el estacionamiento del panteón, pasó exactamente lo que yo había anticipado desde el mensaje de las 3:47.
Estaba abriendo la puerta de mi camioneta cuando escuché la voz de mi padre detrás de mí.
—Rodrigo, necesitamos hablar de la herencia de tu abuelo.
Ni siquiera esperaron a que se asentara la tierra.
Me giré despacio.
—¿Ya? ¿Así de rápido?
Mi madre se acercó.
—No lo digas así. Solo queremos hacer las cosas bien.
—¿Las cosas bien? —repetí—. ¿Desde cuándo les interesa eso?
Mi padre carraspeó.
—Soy su hijo. Hay asuntos legales que debemos revisar. La casa, el taller, los terrenos…
—No hay nada que revisar —dije—. Lo que él dejó, lo dejó.
—No puede quedar todo en manos de un muchacho de veinte años —soltó mi madre—. Eso es patrimonio familiar.
Me acerqué un paso.
—Un muchacho de veinte años que lo cuidó seis años. Que lo llevó al doctor. Que le cambió los pañales cuando ya no podía solo. Que se perdió cumpleaños, salidas, sueño y juventud para que él muriera con una mano agarrándolo. Ese muchacho, dices.
Mi madre apretó los labios.
—Eso no te da derecho a quedarte con todo.