Los guardias se tensaron.
Varias invitadas retrocedieron.
Y Verónica gritó también, como si la máscara por fin hubiera caído.
—¡No entiendes nada! ¡Esa niña arruinaba todo!
Nadie respiró.
Ella misma pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
Ofelia palideció.
—¿Todo qué?
Verónica miró a Adrián, derrotada y rabiosa al mismo tiempo.
—Nuestro compromiso. La herencia. La fundación. Las acciones bloqueadas por línea directa de sangre. ¿Crees que no investigué? Si aparecía una hija biológica de Elena, todo cambiaba. Todo.
Tomás dio un paso atrás, horrorizado.
—Dios mío…
Adrián la miraba como si no la conociera.
—Así que sí sabías quién era.
Verónica no respondió.
No hacía falta.
La respuesta ya estaba flotando sobre todos.
Dana, empapada y temblando, era la única persona en aquella sala que había protegido a la niña que los ricos querían borrar.
Ofelia se acercó muy despacio a Dana.
No a Verónica.
No a su hijo.
A Dana.
Sus manos temblaban cuando apartó con cuidado un borde de la manta.
Entonces lo vio.
En el hombro izquierdo de la bebé había una pequeña marca de nacimiento en forma de media luna.
Ofelia soltó un sollozo ahogado.
—Elena la tenía igual —susurró—. Mi madre también.
Adrián se llevó la mano a la boca.
Por primera vez en muchos años, parecía un hombre roto.
Pero todavía faltaba lo peor.
Porque Dana, que había permanecido en silencio desde la confesión, recordó algo.
Algo pequeño.
Algo que había sentido extraño en medio del caos.
—Había otra cosa —dijo.
Todos la miraron.
Dana tragó saliva.
—Cuando la señora la tiró… habló con alguien por teléfono antes de irse.
Verónica se giró de golpe.
—Cállate.
Dana dio un paso atrás, pero siguió.
—Dijo: “Ya está hecho. Ahora nadie sabrá lo del padre”.
El salón volvió a quedarse helado.
Adrián frunció el ceño.
—¿Lo del padre?
Dana asintió.
—Sí. Eso dijo.
Y entonces sucedió algo que nadie esperaba.
Tomás Arriaga dejó caer su bastón.
El golpe seco resonó en el mármol.
Tenía el rostro descompuesto.
—No… —murmuró—. No puede ser.