Adrián lo miró.
—¿Qué sabes?
Tomás intentó hablar, pero no le salió la voz.
Ofelia lo entendió antes que todos.
Y cuando lo hizo, abrió los ojos con un horror puro, casi animal.
—No —susurró—. No me digas que…
Tomás se derrumbó en una silla.
Derrotado.
Viejo.
Cobarde.
—Elena vino a verme semanas antes de morir —confesó, con los labios temblando—. Estaba asustada. Me dijo que el padre de la niña era un hombre poderoso. Casado. Mucho mayor que ella. Quería reconocer a la bebé, pero temía destruir a varias familias.
Adrián apretó los puños.
—Dime el nombre.
Tomás cerró los ojos.
—No me atreví a decirlo entonces. Y por mi silencio, esa niña casi muere hoy.
—¡Dime el nombre! —gritó Adrián.
Tomás alzó la cabeza.
Miró a Ofelia.
Luego a Adrián.
Y señaló con una mano temblorosa hacia el hombre del retrato gigante que presidía el salón desde el fondo, decorado con flores blancas por el compromiso.
El difunto patriarca de la familia Ferrer.
El padre de Adrián.
Ofelia soltó un grito.
Una copa cayó.
Alguien empezó a llorar.
Dana no comprendió del todo, pero sí entendió una cosa brutal: la bebé no solo era la hija secreta de Elena.
También era hija del hombre que había sido el padre de Adrián.
La sangre se volvió veneno en el aire.
—No… —balbuceó Adrián, retrocediendo—. No. Mi padre no…
Tomás lloró sin dignidad.
—Yo intenté alejarla. Le dije a Elena que huyera. Que tuviera a la niña lejos. Pero él murió antes de que todo saliera a la luz… y después vino el accidente… y luego Verónica descubrió los documentos de la clínica. Lo usó. Lo escondió. Esperó el momento para eliminar a la niña y quedarse con todo.
Verónica ya no fingía.
Su rostro era puro rencor.
—Ya estaba hecho —dijo—. Si esta mocosa no hubiera aparecido, nadie habría sabido nada.
Dana sintió que el bebé comenzaba a llorar otra vez.
Un llanto fino.
Débil.
Real.
Ese sonido hizo lo que ninguna confesión había logrado.
Le devolvió el alma a Adrián.
Giró.
Caminó hasta Dana.
Se arrodilló frente a ella en medio del salón lleno de millonarios paralizados.
Y con una delicadeza temblorosa, miró a la niña.
No como se mira un problema.
No como se mira un escándalo.