Ofelia Ferrer.
La madre de Adrián.
La mujer cuya aprobación podía levantar o hundir apellidos.
Se puso de pie despacio.
Y cuando habló, todo el salón calló.
—Aquí mismo —dijo—. Porque si esa criatura tiene algo que ver con mi hija Elena, yo también quiero escuchar la verdad.
Dana no entendía todo.
Solo comprendía que la bebé ya no era invisible.
Y que la mujer que la había abandonado empezaba a perder el control.
Verónica respiró hondo.
Se secó una lágrima.
Luego sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Fea.
Peligrosa.
—Está bien —dijo—. Quieren verdad. Vamos a hablar de verdad.
Adrián entrecerró los ojos.
—Habla.
Verónica miró a Dana como si quisiera atravesarla.
—Esa bebé no es mía.
Un murmullo recorrió la sala.
—Pero sí sé quién es —continuó—. Y también sé por qué nunca debió aparecer.
Ofelia dio un paso al frente.
—Explícate.
Verónica soltó una risa seca.
—Tu querida Elena no era la santa que todos lloran. Antes de morir, estaba embarazada.
El salón estalló en suspiros.
Dana abrazó más fuerte a la niña.
Adrián quedó inmóvil.
—Eso es imposible —dijo Ofelia, con la voz quebrándose por primera vez—. Elena murió soltera.
—Soltera, sí. Virgen, no —escupió Verónica—. Ocultó el embarazo porque sabía que habría un escándalo. Adrián estaba cerrando negocios, la familia protegía su apellido, y Elena suplicó que nadie se enterara.
Adrián avanzó un paso.
—Mientes.
—¿Miento? Entonces pregunta por la clínica Santa Beatriz. Pregunta por los pagos en efectivo. Pregunta por la enfermera que fue despedida esa misma semana.
Adrián se quedó quieto.
Porque la clínica existía.
Porque él mismo recordaba movimientos extraños en las cuentas familiares tras la muerte de su hermana.
Porque de pronto piezas viejas, absurdas, empezaban a encajar.
Verónica aprovechó el silencio.
—Elena tuvo a la niña en secreto. Pero murió antes de decidir qué hacer. Y yo… yo solo intenté evitar una catástrofe.
—¿Llamas catástrofe a tirar un bebé a un vertedero? —rugió Adrián.
Por primera vez, perdió la compostura.