—Sí eres bueno —dijo—. Aunque se vea complicado.
Por primera vez en mucho tiempo, a Santiago Fierro no le molestó no tener una respuesta perfecta.
Aceptó la frase como se acepta una sentencia justa.
La llamada de embarque sonó por los altavoces.
Doña Rosa reunió a los niños. Antes de entrar, se volvió hacia Santiago.
—Tomás estaría tranquilo si viera esto —dijo—. Y creo que estaría orgulloso de usted.
Mateo levantó la mano con entusiasmo. Lucía hizo un gesto pequeño, digno, casi solemne.
Santiago levantó la suya también.
Los vio desaparecer tras la puerta.
Se quedó un largo momento mirando el pasillo vacío del aeropuerto. La multitud seguía corriendo, los anuncios seguían sonando, las maletas seguían rodando. Todo igual.
Y, sin embargo, nada era igual.
Metió la mano al saco y tocó la servilleta doblada.
Había construido empresas.
Había construido miedo.
Había construido distancia.
Pero aquellos dos niños abandonados en una banca le habían abierto una grieta exacta en el lugar donde todavía quedaba algo humano.
Meses después, cumplió su promesa.
Viajó a Guadalajara un domingo por la tarde.
Mateo salió a recibirlo con Capitán.
Lucía le enseñó su cuarto y las primeras palabras que ya sabía leer.
Doña Rosa le sirvió café y pan dulce.
Y en la pared, junto a la mesa del comedor, había un dibujo nuevo.
La misma casa.
El mismo árbol.
Los mismos dos niños.
Pero esta vez la figura alta ya no estaba en una esquina.
Estaba adentro.
Porque hay hombres que inspiran miedo.
Y hay niños que, con una sola mirada, son capaces de recordarles quiénes podrían haber sido desde el principio.