La madrastra abandonó a los gemelos y subió a un avión; el jefe de la mafia lo presenció… ¿Qué sucede después…?

Hubo una pausa.

—¿Quién es usted? —preguntó ella.

Santiago miró a los niños desde el otro lado del salón. Mateo, ya despierto, le enseñaba a Marco cómo debía “saludar correctamente” el oso de peluche, al que llamaba Capitán. Lucía supervisaba la maniobra con seriedad de maestra.

—Un hombre que le debía la vida a su hijo —respondió al fin.

Pero antes de que la abuela llegara, la tormenta estalló.

Diana Valdivia presentó una denuncia: dijo que sus hijastros habían sido “tomados por un desconocido” dentro del aeropuerto.

Dos agentes y una trabajadora social llegaron al salón privado poco antes del mediodía.

La mujer del DIF, llamada Susana Paredes, traía un portapapeles y la expresión de quien ha visto demasiadas desgracias como para impresionarse fácilmente. Aun así, al mirar a Santiago, calculó en silencio quién era él y por qué todo a su alrededor parecía funcionar más rápido de lo normal.

—Los niños están adentro —dijo Santiago—. Han comido. Ya hablé con su abuela. Viene en camino.

Susana lo observó con atención.

—La señora dice que usted se los llevó.

—Las cámaras dirán otra cosa.

Y las cámaras hablaron.

Cuarenta y tres segundos.

Eso fue todo.

Cuarenta y tres segundos de una mujer guiando a dos niños por el pasillo, sentándolos en una banca y yéndose sin tocarles la cara, sin agacharse a explicarles nada, sin voltear una sola vez.

La mentira duró menos de lo que tarda un avión en cerrar la puerta.

Mientras los adultos revisaban documentos, Susana se sentó a hablar con Lucía.

—¿Tu madrastra los quería? —preguntó con voz cuidadosa.

Lucía juntó las manos sobre las rodillas.

—Siempre hacía comida para ella primero —dijo—. Nosotros comíamos después… si alcanzaba.

La sala entera quedó en silencio.

Siete palabras de una niña de cinco años hicieron más que todos los expedientes.

Mateo, mientras tanto, no quiso sentarse con nadie más que con Santiago. Se pegó a su costado, una mano en el saco oscuro del hombre y la otra en Capitán.

Después lo miró con concentración.

—Mi papá tenía una foto en su cartera —dijo—. De un carro quemándose.

Santiago no se movió.