Santiago Fierro, que llevaba quince años haciendo que otros respondieran preguntas, no supo qué contestar.
Lucía aceptó su silencio como si fuera una respuesta suficiente.
—Mateo le tiene miedo a la oscuridad —dijo después, mordiendo una fresa—. Si se apaga la luz, me agarra la mano.
El teléfono vibró en el saco de Santiago.
Leyó el mensaje una vez.
Luego otra.
El apellido de los gemelos era Cárdenas.
Su padre, Tomás Cárdenas, había muerto once semanas atrás en un accidente de construcción.
Y Santiago conocía ese nombre.
Lo conocía porque siete años antes, en una carretera mojada a las afueras de Monterrey, su camioneta había ardido tras una emboscada. Las puertas trabadas. El fuego avanzando. El final decidido.
El hombre que se metió entre las llamas para sacarlo había sido un mecánico joven que trabajaba en un taller cercano.
Tomás Cárdenas.
Santiago le ofreció dinero aquella noche. Tomás no lo aceptó.
Solo dijo: “Si de verdad quiere pagarme, haga algo bueno por el mundo algún día.”
Ahora sus hijos dormían y esperaban en un aeropuerto, abandonados como equipaje sin reclamo.
Santiago apretó la mandíbula.
La deuda acababa de regresar por él.
Y esta vez tenía los ojos de dos niños.
PARTE 2: LA DEUDA DEL FUEGO
Santiago canceló su vuelo a Nueva York sin pensarlo dos veces.
Marco no hizo preguntas. Llevaba doce años trabajando con él y sabía reconocer los momentos en que el silencio era más útil que cualquier consejo.
El abogado le consiguió rápidamente el resto de la historia. La madre biológica de los niños había muerto de una enfermedad cuando ellos tenían dos años. Tomás se había vuelto a casar con una mujer llamada Diana Valdivia hacía poco más de un año. Después del accidente, ella cobró el seguro de vida, pagó algunas deudas y empezó a preparar una nueva vida en Cancún.
Una vida sin Mateo y Lucía.
—Quiero el número de la abuela paterna —ordenó Santiago—. Y todo lo que tengan de esa mujer.
La abuela se llamaba Rosa Cárdenas. Vivía en Guadalajara, tenía setenta y un años y una operación de cadera programada para el mes siguiente.
Santiago la llamó a las seis de la mañana.
Le contó lo ocurrido sin adornos. Al otro lado de la línea hubo un silencio áspero, lleno de dolor viejo y miedo nuevo.
—¿Están a salvo? —preguntó por fin doña Rosa.
—Sí.
—Entonces voy para allá.
—Yo le arreglo el vuelo.