LA IBAN A ENTERRAR… PERO UN MENDIGO GRITÓ SU NOMBRE Y TODO CAMBIÓ…

Pronto se dieron cuenta de que quien la atendería era el mismo médico de antes. Es él, susurró Antonio. El mismo que apenas la examinó esta mañana. La recepcionista confirmó que el Dr. Martins era el único pediatra de turno. Los minutos siguientes fueron de tensión insoportable. Finalmente, la puerta de la UCI se abrió. El Dr. Martins apareció con expresión seria y cansada. “Hicimos todo lo que pudimos, pero la situación era muy grave”, se declaró el fallecimiento. La noticia cayó sobre Antonio y Rosana como una avalancha.

Rosana se derrumbó en llanto, un sonido desesperado que hizo que otros pacientes se detuvieran, tomados por la compasión. Antonio, con rostro pálido y ojos muy abiertos de shock, sintió la rabia y la impotencia entrelazarse en su pecho como espinas. La negligencia, la falta de atención del Dr. Martins y el largo tiempo de espera atormentaban su mente. “Si hubieras hecho tu trabajo bien, mi hija podría estar viva ahora”, gritó Antonio con voz temblorosa y ronca. “Esta mañana ni siquiera la miraste, apenas levantaste los ojos de tu maldito celular.” El Dr.

Martins finalmente levantó la mirada, pero su rostro mantuvo la misma expresión rígida y defensiva. Señor, entiendo su dolor, pero el estado de su hija se agravó de forma inesperada. Hicimos todo lo posible cuando llegó aquí en estado crítico. Su silencio posterior solo confirmó a todos los presentes que tal vez, solo, tal vez Antonio tenía razón. Volviendo al presente, dos policías habían llegado al hospital trayendo un aire de seriedad y urgencia. La pareja relató la secuencia de eventos que culminó en la tragedia.

Esperamos más de dos horas antes de ser atendidos. El Dr. Martins pasó el tiempo en el celular sin siquiera mirar bien a Clara. Solo la examinó porque Rosana lo pidió. Dijo Antonio controlando la rabia en la voz. Rosana agregó con voz entrecortada. Horas después, la fiebre subió y tuvo dificultades para respirar. La trajimos corriendo de nuevo y pronto dijeron que no resistió, declarando el fallecimiento de nuestra pequeña hijita. Antonio continuó con la voz fallando de dolor. Pero durante el velorio nos dimos cuenta de que aún estaba viva, estaba tibia y al sostener su mano sentí un apretón.

Era débil, pero real. Y don Aurelio, el anciano que vive en nuestra esquina, gritó su nombre antes de que nadie notara el movimiento. Fue él quien nos hizo mirarla de nuevo. Casi enterramos viva a nuestra hija. Los policías se miraron visiblemente perturbados. Vamos a registrar una denuncia para que la situación sea investigada a fondo dijo el oficial mayor con seriedad. Después de algunos minutos, el Dr. Martins apareció para dar noticias. Lamentablemente no pudimos encontrar ningún signo vital en su hija.