—Nos vamos a comprometer.
Renata se giró con incredulidad.
—¿Qué?
—Saúl ya debe saber que encontré algo. Si solo eres la madre biológica, eres un cabo suelto. Si te conviertes en mi prometida y en la futura señora Montemayor, tocarte significa declararme la guerra de frente.
—Estás loco.
—Eso ya lo sé. Pero también tengo razón.
Renata quiso negarse. Quiso recordar que apenas conocía a ese hombre, que la aterraba, que su vida se había roto en veinticuatro horas. Pero luego miró a Mía dormida sobre el tapete, con la mano todavía estirada hacia ella, y entendió la verdad más simple y más cruel: irse significaba volver a perderla.
—Tengo condiciones —dijo al fin.
León cruzó los brazos.
—Habla.
—Yo decido sobre su rutina, sus terapias, sus niñeras. No más armas cerca de ella. No más secretos sobre su salud. Y no voy a vivir encerrada sin voz.
León la miró con un asomo de algo parecido al respeto.
—Hecho.
Esa misma noche aparecieron juntos en una gala benéfica en Santa Fe, el lugar perfecto para que la noticia explotara. Renata llevaba un vestido color marfil y un anillo antiguo que había pertenecido a la abuela de León. Los fotógrafos enloquecieron. Los rivales tomaron nota. Y Saúl sonrió demasiado cuando se acercó a saludarlos.
—Qué sorpresa —dijo—. Te rehíces rápido, sobrino.
—La vida sigue —respondió León.
Los ojos de Saúl se clavaron en Renata.
—Y tú debes de ser muy especial.
Renata sostuvo su mirada con una calma que no sentía.