—Lo suficiente como para que Mía ya no vuelva a estar sola.
La sonrisa de Saúl se tensó apenas un milímetro. León lo vio. Y supo que el golpe había entrado.
Lo que vino después fue rápido.
Saúl había aprovechado la gala para dejar la residencia vulnerable. Quiso jugar una última carta: raptar a Mía y obligar a León a firmar la cesión definitiva del fideicomiso. Pero calculó mal. Renata ya no era la mesera asustada del restaurante. Y León ya no estaba peleando por un imperio. Estaba peleando por su hija.
Cuando llegaron a la casa, encontraron la puerta principal abierta y el cuarto de Mía vacío.
La búsqueda terminó en la terraza alta, con el lago negro abajo y el viento golpeando fuerte. Saúl tenía a la niña en brazos. Sonreía como si todavía pudiera ganar.
—Elige, León —dijo—. Tu herencia o la bastarda.
La palabra quedó suspendida como un veneno.
León dio un paso adelante.
—Suéltala.
—Tira el arma.
León la dejó caer.
Saúl sonrió, satisfecho. Y cometió el error de mirar a Renata como si siguiera siendo irrelevante.
No la vio correr.
Renata se lanzó con el cuerpo entero contra la barandilla cuando Saúl soltó a la niña hacia el vacío, y alcanzó a sujetar a Mía por el camisón en el último instante. Quedó medio colgada, con el hombro al borde de romperse, pero no soltó.
—¡Te tengo! —gritó entre lágrimas—. ¡Mamá te tiene!
El disparo sonó en el mismo segundo en que León recogía su pistola del suelo. Saúl cayó hacia atrás, herido, y dos guardias lo desarmaron antes de que pudiera levantarse otra vez. León corrió, levantó a Renata y a Mía de la cornisa, y los tres cayeron juntos sobre el piso mojado de la terraza.
Mía lloraba, pero ya no de terror puro. Apretó con sus dos manitas el rostro de ambos y dijo, con voz clara, como si aquella fuera la única verdad importante del mundo: