Una copa quedó suspendida en el aire. Marcos dejó caer una bandeja. Renata sintió que las piernas no la sostenían.
—Lo siento… yo no sé qué está pasando… —balbuceó.
León se puso de pie.
No alzó la voz. No hacía falta.
—¿Quién eres?
Renata retrocedió, pero él ya estaba frente a ella. La observó como si quisiera arrancarle la verdad del rostro. Y, por primera vez en dos años, Mía volvió a hablar.
—Papá… no… mamá.
Aquella frase pequeña hizo más daño que una bala.
León no gritó ni hizo un escándalo. Simplemente ordenó evacuar el restaurante. En menos de un minuto solo quedaron él, sus hombres, la niña sollozando y Renata, temblando junto a la barra.
—No vas a irte —dijo León—. Hasta saber por qué mi hija te reconoce.
Le pusieron una chamarra sobre la cabeza y la sacaron por la puerta trasera. Renata pensó que iba a morir. Sin embargo, lo peor no fue el miedo. Fue el recuerdo que empezó a abrirse dentro de ella durante el trayecto: una clínica privada en Guadalajara, un contrato firmado bajo presión, una promesa de dinero para salvar a su padre, y luego un parto cubierto por sedantes del que despertó huérfana de una hija que nunca pudo abrazar.
La residencia Montemayor, en las afueras de Valle de Bravo, parecía un hotel de lujo convertido en fortaleza. Rejas altas, hombres armados, cámaras y silencio. Pero no encerraron a Renata en un sótano. La llevaron a un cuarto enorme, con vista al lago, como si el poder de aquel hombre supiera ser amable cuando le convenía.
Una hora después, León entró con una carpeta en la mano y el rostro endurecido.
—Mis hombres ya investigaron. Renata Cruz, nacida en Querétaro. Sin antecedentes. Sin relación con mi familia.