Compró una pequeña cámara.
Discreta.
La instaló en la sala, apuntando hacia la mecedora donde Rosa pasaba la mayor parte del día.
No le dijo a nadie.
Ni siquiera a su abuela.
Porque necesitaba la verdad.
Sin filtros.
Sin excusas.
Las primeras horas no mostraron nada.
Rosa sentada.
Doña María yendo y viniendo.
Todo… normal.
Demasiado normal.
Pero Patricia siguió observando.