La familia la echó a la calle por heredar 12 hectáreas de polvo, sin imaginar que el oscuro secreto bajo las rocas los destruiría a todos

PARTE 2

Elena apenas tuvo 2 minutos para reaccionar. Tomó la escopeta calibre 12, se escondió detrás del grueso muro de adobe que aún seguía en pie y contuvo la respiración hasta que le dolieron los pulmones. Las 4 camionetas se detuvieron bruscamente al borde del cañón. De ellas bajaron 10 hombres fuertemente armados, liderados por el comandante de la policía municipal. Empezaron a patear las puertas de las ruinas, disparando al techo para aterrorizarla.

“¡Sabemos que estás ahí metida, viuda muerta de hambre!”, gritó el comandante, su voz resonando contra las paredes del barranco. “¡Don Hilario te da exactamente 1 hora para salir caminando de tus 12 hectáreas, o te enterramos aquí mismo junto a tu marido!”

Elena cerró los ojos, sintiendo el metal helado del arma en sus manos sudorosas, calculando cuántos disparos podría hacer antes de que la acribillaran. Pero entonces, el radio portátil de uno de los hombres sonó con estática urgente. Una voz ordenó que regresaran de inmediato al pueblo; había un operativo sorpresa de los militares federales en la carretera principal y necesitaban esconder los vehículos robados y las armas largas. Los sicarios soltaron maldiciones, subieron a las camionetas y se marcharon levantando una densa nube de polvo.

Elena había sobrevivido de milagro, pero sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que regresaran a terminar el trabajo. En cuanto el silencio absoluto regresó al cañón, salió de su escondite y, guiada por el mapa de Mateo, caminó 3 kilómetros bajo el sol abrasador del desierto sonorense. Finalmente, encontró la formación de arenisca rojiza con una grieta natural en el centro: el corazón de piedra.

Con las manos ampolladas y sangrando, apartó la maleza espinosa y las rocas sueltas de la base, revelando la entrada a una caverna natural. Al encender una vieja lámpara de aceite, el aire se le escapó de los pulmones. No había oro ni dinero. Había 8 pesadas cajas metálicas con sellos antiguos del gobierno federal. Mateo no había sido solo un maestro; había sido un investigador silencioso durante meses.