En San Marcos, la ley tenía exactamente el tamaño del hombre que la ejercía. Hilario Garza era la ley. Había robado, extorsionado y masacrado durante 12 años, construyendo un imperio ganadero bañado en sangre. Y ahora, la propia familia de su esposo le daba la espalda a la viuda para lamerle las botas al hombre que ordenó su muerte.
Esa misma tarde, el comandante de la policía, un matón a sueldo de Hilario, llegó a la pequeña casa que Elena compartía con Mateo en el centro del pueblo. No venía solo; Carmen venía con él, mostrando unas escrituras evidentemente falsificadas.
“Esta casa es de la familia Garza”, gritó Carmen con rabia, tirando la ropa y los pocos libros de Elena a la calle de tierra, frente a los vecinos. “Mateo me la dejó a mí en vida. Lárgate a tus 12 hectáreas de miseria si tanto las quieres, muerta de hambre.”
El pueblo entero miraba desde sus ventanas. Las mujeres que días antes le habían llevado tamales y café al velorio, ahora bajaban la mirada y cerraban sus puertas. Nadie movió un dedo. A sus 38 años, Mateo estaba bajo tierra, y su viuda era arrojada a los perros.
Elena no derramó una sola lágrima de debilidad frente a ellos. Recogió una cobija gruesa, la escopeta calibre 12 de Mateo, una caja con 15 cartuchos, una cantimplora y montó en “Centavo”, un caballo tan viejo que ni siquiera los hombres de Hilario quisieron robarlo. Salió del pueblo en la oscuridad, dejando atrás la traición.
Cabalgó 4 horas entre enormes saguaros y nopales hasta llegar al profundo cañón. Al amanecer, encontró las ruinas de un rancho de adobe abandonado hace décadas y el pozo completamente seco.
Pero al entrar a la habitación principal en ruinas, encontró bajo una tabla podrida el mapa dibujado por Mateo. El corazón de Elena dio un vuelco al ver lo que su esposo había marcado con tinta roja profunda. No era solo un pedazo de tierra inútil. Era una bóveda de secretos. Y justo cuando levantó la vista hacia la ventana sin vidrio, escuchó el inconfundible rugido de motores. Al asomarse, vio el polvo levantado por 4 camionetas negras acercándose a toda velocidad por el estrecho borde del cañón. Era absolutamente imposible creer lo que estaba a punto de suceder…