Elena forzó la cerradura de la primera caja. Estaba repleta de escrituras originales, transferencias bancarias y contratos de obra pública. Hilario Garza llevaba 12 años desviando cientos de millones de pesos federales destinados a la construcción de una presa y canales de riego, secando los valles de los campesinos locales para acaparar toda el agua en sus propios ranchos privados. Para lograr este monopolio, había mandado desaparecer a 18 propietarios originales de la zona.
Pero el verdadero golpe, el que hizo que Elena cayera de rodillas sobre la tierra fría y sintiera náuseas, fue encontrar un pequeño cuaderno negro escrito con la impecable caligrafía de su esposo. En la última página, fechada solo 1 día antes de su supuesto accidente, decía: “Mi propia sangre me ha traicionado. Hilario descubrió que tengo los documentos federales. Carmen, mi hermana, encontró mis copias escondidas en la casa y se las entregó al alcalde a cambio de dinero. Mi propia hermana le puso precio a mi cabeza. Si me pasa algo, Elena, tienes que llevar esto a la capital. Huye.”
Junto a esa nota desesperada, había un recibo bancario original: una transferencia de 3,000,000 de pesos a la cuenta personal de Carmen Garza, procesada la misma mañana en que Mateo apareció muerto. El dolor desgarrador en el pecho de Elena se transformó en algo mucho más oscuro, denso y afilado. Ya no era miedo. Era una furia absoluta, una sed de justicia que le quemaba la sangre. Su cuñada la había humillado frente a todo el pueblo, la había echado a la calle como a un perro, todo mientras llevaba en las manos la sangre de su propio hermano.
Esa misma noche, mientras Elena planeaba cómo escapar, un jinete solitario descendió sigilosamente por el sendero del cañón. Elena lo encañonó desde las sombras.