LA ESTUDIANTE POBRE QUE SE SUBIÓ AL AUTO EQUIVOCADO… SIN SABER QUE ERA DE UN BILLONARIO

—Soy Alejandro Castellanos. Y este es mi coche. El que secuestraste mientras tomabas una siesta.

El nombre no me sonaba… pero la seguridad con la que lo dijo dejaba claro que debía hacerlo.

—Lo siento muchísimo. Ya me bajo.

Intenté abrir la puerta.

—Son las once y media —dijo él—. ¿Qué parte de la ciudad?

—No es asunto suyo —respondí, demasiado brusca.

Se rió. Una risa baja y genuina que me hizo cosquillas en el estómago.

—Justo dormiste en mi coche, creo que puedo preocuparme un poco por tu seguridad. Déjame llevarte.

—No necesito caridad.

—No es caridad. Es sentido común.

Debería haberme bajado.
Pero estaba agotada… y caminar sola a esa hora no sonaba inteligente.

—Está bien. Pero si resulta que es un asesino serial, me voy a molestar muchísimo.

—Tomado en cuenta.

Tocó el vidrio divisorio.

—Luis, podemos irnos.

El coche arrancó con una suavidad ridícula.

Durante el trayecto hablamos.

—¿Por qué estás tan agotada?

—Universidad de tiempo completo. Dos trabajos. Duermo cuatro horas cuando me va bien.

—Eso no es sostenible.

—Algunos tenemos que trabajar para vivir.

Se rió.

—Tú te estás destruyendo.

—¿Y usted? Seguro trabaja 80 horas.

—Tal vez. Pero al menos tengo opción.

Eso dolió más de lo que esperaba.

Cuando llegamos a mi colonia en Iztapalapa, vi el cambio en su expresión. Edificios viejos. Calles mal iluminadas. Grafiti.

El coche se detuvo.

—Necesito una asistente personal.

Me congelé.

—¿Qué?

—Pago bien. Horarios flexibles. Necesito a alguien que organice mi agenda, responda correos, coordine la casa cuando viajo. Tú necesitas dinero y un trabajo que no te mate.

—No necesito caridad.

—No es caridad, Camila.

Sacó una tarjeta elegante.