Miró alrededor. El auto tenía minibar.
¿Quién demonios tiene minibar en su coche?
Ahí fue cuando lo entendió. No era solo un tipo atractivo… era millonario.
—Y roncaste durante veinte minutos —añadió él.
En ese momento, quiso morirse.
Esta historia te va a hacer reír, confía en mí.
Mi nombre es Karla, y sí, soy quien está detrás de estas historias. Hoy quiero agradecer a Sofía y Ricardo por sus comentarios
Te subiste al auto equivocado… y ese error estaba a punto de cambiarlo todo.
Debí revisar las placas. Esa es la parte que me atormenta cuando pienso en lo que pasó. Mis ojos ardían del cansancio. Dos turnos seguidos en la cafetería, tres exámenes, cuatro horas de sueño en dos días.
Funcionaba en piloto automático.
Cuando vi el coche negro esperando frente a la biblioteca, asumí que era mi Uber. Era negro. Estaba estacionado. Era tarde.
Me subí como si regresara a casa.
El asiento era increíblemente suave. Demasiado suave. Pero mi cerebro agotado no procesó la señal de alerta. Me hundí en el cuero, cerré los ojos… y me quedé profundamente dormida.
El mejor sueño en semanas.
Hasta que esa voz masculina, profunda y divertida, cortó la oscuridad.
—¿Siempre invades autos ajenos?
Abrí los ojos de golpe.
Un hombre estaba sentado junto a mí. Lo suficientemente cerca como para sentir su calor… y su perfume caro, que seguramente costaba más que mi renta.
Traje oscuro hecho a la medida. Mandíbula definida. Ojos intensos observándome con curiosidad y burla.
—Yo… —mi voz salió ronca—. Perdón. Pensé que era mi Uber.
Él inclinó la cabeza.
—Técnicamente sí te metiste a mi coche… y roncaste veinte minutos.
La vergüenza me subió hasta las orejas.
—¡Yo no ronco!
—Un poco. Fue adorable.
Quise desaparecer.
Fue entonces cuando noté el interior completo del auto: madera fina, pantallas táctiles, minibar integrado.
—Oh Dios… usted no es Uber.
—Definitivamente no.
Se reclinó con total calma.