Pero la noticia de que Elena estaba en el rancho y que Mateo estaba “revolviendo el pasado” llegó a oídos de la persona menos indicada: Don Severiano Barragán hijo. Su padre había sido el testigo que firmó el contrato falso junto al padre de Mateo. Si el fraude salía a la luz, los Barragán perderían mucho más que prestigio; perderían las tierras colindantes que también habían obtenido mediante “donaciones” similares.
Una noche, 4 hombres armados llegaron al rancho en camionetas negras, apagando las luces antes de entrar. Rodearon la casa principal. Mateo, que conocía cada crujido de su hogar, tomó su escopeta de caza y le hizo señas a Elena para que se escondiera en el sótano de los granos.
—¡Mateo! —gritó la voz de Barragán desde la oscuridad—. ¡No seas tonto! Entrega a esa mujer y quema ese papel. Tu padre y el mío hicieron lo que tenían que hacer para que nosotros no fuéramos unos muertos de hambre. ¡No tires a la basura el esfuerzo de tu viejo por una aparecida!
—¡Mi viejo era un ladrón, Severiano! —respondió Mateo desde la ventana del segundo piso—. ¡Y yo no voy a ser su cómplice!
Se desató un tiroteo que duró 15 minutos. El olor a pólvora inundó el aire del campo. Mateo defendió la casa con la furia de quien busca redención. Hirió a 2 de los atacantes antes de que las sirenas de la policía rural, avisada por Don Julián, se escucharan a lo lejos. Los Barragán huyeron por el monte, nhưng el daño estaba hecho. Una bala había rozado el brazo de Mateo, nhưng lo que más le dolía era la traición de aquellos que consideraba sus iguales.
Al amanecer, con la policía custodiando el perímetro, Elena salió del sótano. Encontró a Mateo sentado en el corredor, vendándose el brazo con un trazo de su propia camisa. Ella se acercó y le quitó la venda de las manos para hacerlo ella misma.