La encontró agonizando en el río và la llevó a su cama para salvarla, pero al descubrir la verdad sobre su pasado, Mateo se dio cuenta de que su familia era la culpable de su desgracia.

—¿Por qué no me lo dijiste cuando despertaste? —preguntó él.

—Porque quería matarte —respondió ella con una frialdad que heló la sangre de Mateo—. Quería quemar esta casa contigo dentro. Pero luego vi cómo me curabas los pies. Vi cómo me dabas de comer cuando no era más que un bulto de carne moribunda. Vi en tus ojos que tú no sabías nada. Eres un hombre bueno, Mateo, nhưng vives en una casa construida sobre un cementerio de justicia.

Durante las siguientes 2 semanas, el rancho se transformó en un campo de batalla silencioso. Mateo no podía dormir. El fantasma de su padre lo perseguía en cada rincón. Decidió que no podía seguir así. Llamó a Don Julián, el abogado más viejo y honesto de la cabecera municipal, un hombre de 82 años que recordaba los tiempos en que las tierras cambiaban de manos a punta de pistola.

Don Julián llegó al rancho un martes por la tarde. Se sentaron en el corredor, con jarros de café humeante y el documento de 1996 sobre la mesa de madera. El abogado ajustó sus lentes y suspiró profundamente.

—Ramiro siempre fue ambicioso —dijo el viejo abogado, mirando hacia los cerros—. Pero esto… esto es un fraude criminal. Mateo, si este papel llega al juzgado, pierdes el rancho en 24 horas. Y no solo eso, el nombre de tu familia quedará manchado por generaciones en todo Jalisco.

—No me importa el nombre, Don Julián —dijo Mateo, mirando a Elena, que estaba sentada a unos metros, observando el horizonte—. Lo que me importa es que ella recupere lo que es suyo. Mi vida no puede valer más que la verdad.