El sol de Jalisco caía como plomo sobre los campos de agave khi Mateo cabalgaba de regreso a su rancho. El aire olía a tierra seca y a ese silencio pesado que solo se interrumpe por el crujir de las ramas. Al acercarse al recodo del río turbio, su caballo, un alazán de 12 años, relinchó con nerviosismo. Mateo tensó las riendas. Entre las rocas lamidas por la corriente y el lodo acumulado, divisó un bulto blanco que no pertenecía al paisaje.
Era una mujer. Estaba boca abajo, con medio cuerpo sumergido en el agua helada que bajaba de la sierra. Su vestido de manta, alguna vez pulcro, ahora estaba desgarrado y pegado a su piel como una segunda capa de desesperación. Mateo saltó de la silla antes de que el caballo se detuviera por completo. Corrió tropezando con las piedras calientes, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Al girarla, el impacto lo dejó sin aliento. No era solo la palidez mortal de su rostro o los labios azules por el frío; era una sensación de reconocimiento que no supo explicar. La mujer soltó un quejido ronco, un sonido que parecía venir de lo más profundo de un bosque olvidado. Estaba viva, nhưng apenas. Mateo la tomó en sus brazos, notando que pesaba menos que un costal de grano, consumida por un cansancio que iba más allá de lo físico.
—Resista, señora… ya la tengo —susurró él, acomodándola sobre la montura.
En el pueblo de San Juan de las Flores, la gente era de pocas palabras y mucha memoria. Mateo vivía solo en el rancho que heredó de su padre, un hombre respetado que le dejó 50 hectáreas y una reputación de hierro. Al llegar a la casa con la desconocida en brazos, los ojos de los peones se clavaron en él. El escándalo no tardaría en correr por las cantinas: el soltero más codiciado del valle metiendo a una mujer moribunda en su habitación.