Victoria está llorando.
Ya hablé a hospitales.
Háblame, por favor.
Preocupados.
Llorando.
Qué conveniente se vuelve el cariño cuando una mujer deja de estar disponible para ser usada.
Pedí desayuno a la habitación: huevos benedictinos, fruta, café de olla y pan dulce. Me senté en la terraza con una bata blanca del hotel sobre los hombros y el teléfono vibrando a un lado como un insecto atrapado. En la mesa había una pequeña tarjeta con la frase “Bienvenida, señora Vázquez”. La leí dos veces. Me conmovió más de lo que habría querido admitir. Hacía años que nadie me daba la bienvenida a ningún sitio.
Mientras untaba mantequilla en una concha tibia, recordé el día en que me mudé con Daniel.
Habían pasado tres meses de la muerte de Tomás. Yo seguía viviendo sola en mi departamento de la colonia Del Valle, rodeada de fotos, de silencios, de plantas que no dejaban de crecer aunque yo estuviera rota. Una tarde tocaron a la puerta. Era Daniel. Traía los ojos rojos y una voz temblorosa que me partió el alma.
—Mamá, no puedes quedarte sola. No después de lo de papá. Vente con nosotros. Te lo pido.
Yo lo miré como se mira a un hijo en el que una todavía quiere confiar.
—No quiero estorbarles.
—¿Estorbar? —me dijo, abrazándome—. Tú eres mi madre. Eres mi familia. Además, te necesitamos cerca.
Te necesitamos cerca.
Qué fácil es manipular a una mujer viuda con palabras que suenan a amor.
Vendí el departamento. No porque me faltara dinero, sino porque en ese momento me pareció práctico. Tomás y yo siempre habíamos sido cuidadosos. Tuvimos negocios pequeños, luego inversiones discretas, propiedades bien elegidas, cuentas bien administradas. Nunca fuimos ostentosos. Esa fue una de nuestras fortalezas. La gente suele ver solo lo que brilla. Nosotros aprendimos a dejar crecer el dinero en silencio.