Eran las dos y tres de la madrugada cuando escuché a mi nuera decidir mi destino con la misma frialdad con la que se pide un garrafón de agua o se agenda una cita para el coche. Yo no estaba dormida. A mi edad, el sueño ya no llega como bendición, sino como visita caprichosa. Aquella noche llevaba horas acostada, mirando el techo de mi cuartito del fondo, oyendo el zumbido del refrigerador, el goteo del lavabo del baño de visitas y los pasos suaves de Victoria en la cocina. Todo parecía normal, hasta que dijo mi nombre.
—Sí, mañana la llevamos al asilo. Ya está todo arreglado.
Mi corazón dio un golpe seco, tan fuerte que me llevé la mano al pecho. No sentí tristeza al principio. Sentí vergüenza. Esa vergüenza sucia, amarga, que se le mete a una mujer en los huesos cuando descubre que en la casa donde ha puesto el alma ya solo la ven como un estorbo.
Me levanté despacio, con el camisón pegado a las piernas por el sudor frío. Abrí apenas la puerta de mi cuarto. La luz amarilla de la cocina dibujaba la silueta de Victoria de espaldas. Tenía el cabello recogido, la espalda recta, una mano apoyada en la barra de granito y la otra sosteniendo el teléfono. Hablaba en voz baja, pero no lo suficiente.
—No, no sabe nada. Daniel está de acuerdo. Solo falta que firme unos papeles… Sí, le diremos que es una visita, nada más para conocer el lugar. Ya estando allá, será más fácil convencerla de quedarse… Es que ya no podemos seguir así. Llevamos años cargando con esto.
Se me aflojaron las rodillas. Tuve que recargarme en el marco de la puerta para no caer. Me ardieron los ojos, pero ni siquiera pude llorar. Hay dolores que llegan demasiado afilados para dejar salir lágrimas. Solo cortan.
En ese momento vi también la sombra de mi hijo reflejada en el vidrio oscuro del ventanal de la sala. Daniel estaba sentado en el comedor, en silencio, con la cabeza agachada. No discutía. No se levantaba a decirle a su esposa que estaba loca, que conmigo no. No. Mi hijo, el niño que yo había elegido con todo mi corazón cuando apenas era un bebé y llegó a nuestros brazos como un milagro tardío, estaba sentado ahí, aceptando que a su madre la metieran en un asilo como quien acepta cambiar un sillón viejo.
La voz de Victoria volvió a sonar.
—Además, ya investigué. Si logramos que acepten que tiene deterioro cognitivo, hasta podríamos tramitar ciertos apoyos. Todo es cuestión de moverlo bien.