Su respuesta llegó en menos de un minuto.
Perfecto. Ya empezaron a cavar su propia tumba.
Esa misma tarde me contó lo que había descubierto: Daniel y Victoria estaban endeudados hasta el cuello. Tarjetas reventadas. Préstamos personales. Pagos atrasados. Apariencias caras sostenidas con alfileres. Y había algo más: Victoria llevaba meses diciendo entre sus amigas que yo “ya no estaba del todo bien”, que repetía cosas, que tenía olvidos, que era difícil. Estaba sembrando el relato que necesitaba para justificar el asilo.
—Necesitamos un escenario —dijo Benjamín—. Algo donde ellos crean que tienen control, y donde en realidad lo pierdan.
Laura fue quien encontró el escenario perfecto: una exposición privada de propiedades premium en un hotel de lujo sobre Reforma. Ella organizaba el evento y podía invitar a quien quisiera. Hizo llegar a Daniel y Victoria una invitación especial, insinuando que se presentaría una oportunidad exclusiva para inversionistas emergentes. Sabíamos que irían. La ambición, en gente como ellos, siempre llega antes que la prudencia.
La semana previa al evento no dormí mucho. No por miedo, sino por energía. Me sentía viva, peligrosamente viva. Practiqué mi discurso frente al espejo. Elegí ropa. Revisé con Benjamín documentos del fideicomiso, estados de cuenta, certificados de inversión. Quería que todo fuera irrefutable.
La noche del evento me puse un traje esmeralda impecable, unos tacones bajos de charol, perlas discretas y un labial rojo profundo. Al mirarme en el espejo del vestidor del hotel pensé en la mujer que había salido por la puerta trasera con un bolso y el corazón partido. La vi todavía dentro de mí, sí. Pero ya no iba sola. Ahora venía acompañada por algo mucho más útil: una furia elegante con respaldo legal.
El salón estaba lleno de empresarios, compradores, agentes y periodistas de finanzas. Copas de champaña, canapés minúsculos, lámparas brillando sobre mesas altas. Laura daba vueltas supervisando todo como una reina de feria fina. Benjamín llegó con un portafolio delgado y una sonrisa que anunciaba desastre ajeno.
—¿Lista? —preguntó.
—Más que ellos, sin duda.
A las siete y media los vi entrar.
Daniel traía el traje gris que había usado en un bautizo y en el funeral de su tío. Victoria llevaba un vestido rojo ajustado, demasiado brillante para el lugar, y un bolso que reconocí al instante porque yo misma se lo había regalado en un cumpleaños. Los dos miraban alrededor con ese aire de gente que intenta fingir que pertenece a un mundo que solo conoce por Instagram.