Fernando dejó caer las herramientas. levantó a Carmen en sus brazos, dándole vueltas como si fuera una pluma, riendo y llorando al mismo tiempo. Esa noche, mientras estaban acostados en su cama modesta, Fernando puso su mano sobre el vientre a un plano de Carmen y le habló a su bebé por nacer. “Te prometo que nunca te faltará nada”, le susurró Fernando a ese vientre que apenas comenzaba a crecer. Trabajaré día y noche si es necesario, pero te daré todo lo que yo nunca tuve.
Tendrás educación, tendrás oportunidades, tendrás amor y cuando seas grande y tengas tus propios hijos, recordarás que tu padre siempre, siempre estuvo ahí para ti. Carmen lloró esa noche, no de tristeza, sino de una felicidad tan pura que sentía que su corazón iba a explotar. tenía al hombre más maravilloso del mundo y pronto tendrían un bebé. ¿Qué más podía pedir? Su primer hijo nació en primavera. Lo llamaron Daniel y era un bebé hermoso con los ojos de su padre y la nariz delicada de su madre.
Fernando lloró cuando lo vio por primera vez sosteniendo a ese pequeño ser en sus grandes manos de carpintero con tanta delicadeza como si estuviera sosteniendo el cristal más frágil del mundo. Dos años después llegó Mónica, una niña de carácter fuerte que lloraba con unos pulmones tan poderosos que Carmen juraba que toda la calle la escuchaba. Luego vino Sebastián, el más tranquilo de los tres, un niño contemplativo que desde pequeño prefería observar que participar. Y finalmente, cuando Carmen pensó que su familia estaba completa, llegó la sorpresa.
Gabriela, la Benjamina, que nació cuando Carmen tenía 35 años y pensaba que ya no tendría más hijos, cuatro hijos, cuatro bocas que alimentar, cuatro cuerpos que vestir, cuatro futuros que asegurar. Fernando trabajaba sin descanso. Su pequeño taller de carpintería comenzó a crecer porque Fernando era excepcionalmente bueno en lo que hacía. Sus muebles no eran solo funcionales, eran obras de arte. Cada mesa que hacía, cada silla, cada armario llevaba un pedacito de su alma. La gente comenzó a buscarlo específicamente, dispuesta a pagar un poco más, porque sabían que los muebles de Fernando durarían generaciones.
Pero Fernando nunca subió sus precios tanto como podría haberlo hecho. No quiero ser rico le decía a Carmen cuando ella le sugería que cobrara más. Solo quiero que mis hijos tengan lo suficiente, que vayan a buenas escuelas, que coman bien, que no pasen las necesidades que yo pasé. Y vaya que cumplió esa promesa. Fernando trabajaba desde las 5 de la mañana hasta las 10 de la noche, 6 días a la semana. Los domingos eran sagrados, eran para la familia, pero el resto de la semana Fernando prácticamente vivía en su taller.