Carmen también trabajaba incansablemente. Durante el día cuidaba a los niños, cocinaba, limpiaba y por las noches, cuando los niños dormían, se sentaba en su vieja máquina de coser y hacía arreglos de ropa para las vecinas, cortinas para las tiendas locales, vestidos de fiesta para las quinceañeras del pueblo. Carmen recordaba perfectamente las noches en que se quedaba cosciendo hasta las 3 de la madrugada, con los dedos hinchados de tanto trabajar, los ojos ardiendo de cansancio, pero con una sonrisa en el rostro, porque al día siguiente podría comprarle a Daniel esos libros que tanto quería para la
escuela o pagarle a Mónica las clases de piano que le hacían tan feliz, o llevar a Sebastián al médico para revisar ese asma que tanto lo atormentaba. o comprarle a Gabriela esos zapatos escolares que tanto necesitaba. Los años pasaron volando, como pasan cuando estás demasiado ocupado viviendo para notarlos. Daniel creció y se convirtió en un joven inteligente y ambicioso. Desde pequeño había mostrado una facilidad increíble para los números, una mente matemática que sus maestros decían que era excepcional.
Cuando llegó el momento de ir a la universidad, Daniel quería estudiar ingeniería industrial en la capital, una universidad prestigiosa que costaba una fortuna. Carmen nunca olvidaría el día en que Daniel llegó a casa con la noticia de que había sido aceptado en esa universidad. estaba tan emocionado. Sus ojos brillaban de una manera que Carmen no había visto antes, pero su alegría se desvaneció rápidamente cuando empezó a hablar de los costos. La matrícula era astronómica, los libros eran carísimos, el alojamiento en la capital era imposiblemente caro.
“No importa, hijo”, le dijo Fernando esa noche con una determinación en su voz que no admitía discusión. “Irás a esa universidad. Tu madre y yo nos encargaremos de todo. Y se encargaron. Fernando pidió un préstamo al banco hipotecando su taller como garantía. Carmen vendió las únicas joyas que tenía, un collar de perlas que había heredado de su madre y unos aretes de oro que Fernando le había regalado en su décimo aniversario. Fernando comenzó a trabajar también los domingos, ese día sagrado que siempre había sido para la familia.
Carmen tomó trabajos de costura adicionales, a veces cosiendo hasta el amanecer para cumplir con los pedidos. Durante 5 años, Carmen y Fernando vivieron en una austeridad extrema para mantener a Daniel en la universidad. Comían lo mínimo, no compraban ropa nueva, no iban al médico a menos que fuera absolutamente necesario. Cada peso que ganaban iba directamente para Daniel, para sus estudios. para su futuro. Y cuando Daniel finalmente se graduó con honores, Fernando y Carmen lloraron de orgullo en la ceremonia de graduación.