Hija Regresó con Su Hijo para Sorprender a Sus Padres… y Encontró una Carta de Su Madre…

Y Francisco empezó a cocinar por primera vez en su vida, mal con las tortillas chuecas y los frijoles aguados, porque Rosario ya no podía levantarse tan temprano y Paloma no sabía nada. Una tarde, Rosario le pidió a Francisco que le trajera un papel y un lápiz. Estaba recostada en la cama con dos almohadas en la espalda y una cobija de lana que Hermelinda le había traído. Había perdido tanto peso que sus manos parecían las de otra persona, pero los ojos seguían siendo los mismos, oscuros, profundos, con esa luz tranquila que siempre tuvo.

Incluso ahora. Francisco le trajo un cuaderno que encontró en el cajón de la cocina, de esos de rayas que vendían en la papelería de Xlan y un lápiz que todavía tenía la punta buena. Rosario lo agarró con las dos manos, lo acomodó sobre sus piernas y se quedó mirando la hoja en blanco durante un rato largo. ¿Qué vas a escribir? Preguntó Francisco desde la silla junto a la cama. Una carta. ¿Para quién? Rosario lo volteó a ver y no necesitó contestar.

Francisco asintió despacio, se acomodó en la silla y no volvió a preguntar nada. Rosario escribió esa carta durante 5co días, un poco cada mañana cuando tenía fuerzas, a veces solo una línea, a veces medio párrafo, a veces agarraba el lápiz y se quedaba con la punta sobre el papel sin escribir nada, como si las palabras estuvieran ahí, pero no encontraran el camino para salir. Después cerraba el cuaderno, lo ponía a un lado y cerraba los ojos. Francisco nunca leyó lo que escribía, no se asomó, no preguntó, se sentaba a su lado todas las mañanas en la misma silla de siempre y se quedaba ahí en silencio mientras ella escribía.

A veces pelaba una naranja y le dejaba los gajos en un plato junto a la cama. A veces le acomodaba la cobija, a veces solo estaba ahí y eso era suficiente. El quinto día, Rosario terminó. arrancó las hojas del cuaderno con cuidado, como si fueran algo frágil. Las dobló en tres partes iguales. Francisco le alcanzó un sobre que Toñito había comprado en la papelería de Xlan un día antes, porque Rosario se lo había pedido bajito cuando Francisco no estaba escuchando.

Rosario metió las hojas en el sobre. Se quedó un momento con el sobre en las manos, mirándolo, sintiendo el peso de lo que acababa de hacer. Después agarró el lápiz una última vez y escribió en el frente con la letra chueca y temblorosa de alguien que está usando las últimas fuerzas que le quedan para mi paloma cuando Dios quiera. Le pasó el sobre a Francisco. Él lo tomó con las dos manos como si estuviera recibiendo algo sagrado.

Rosario le sostuvo la mirada y le dijo, “Guárdala bien, viejo. Un día la va a venir a buscar. Francisco apretó el sobre contra el pecho y asintió. No pudo decir nada más. Rosario murió un domingo por la mañana cuando el sol apenas estaba saliendo detrás de los cerros. Francisco estaba acostado a su lado como todas las noches con la mano de ella entre las suyas. No supo en qué momento exacto se fue. Solo supo que en algún punto de la madrugada la mano que sostenía dejó de apretar la suya y que cuando abrió los ojos y la volteó a ver, Rosario tenía el rostro tranquilo, como si estuviera descansando por primera vez en mucho tiempo.

Se quedó acostado a su lado un rato más. No la soltó, no se levantó. se quedó ahí mirándola con la luz del amanecer entrando por la ventana y pintando la habitación de un color anaranjado que a ella siempre le gustó. Fue Toñito quien tocó la puerta esa mañana. Venía como todos los domingos a traer leña. Cuando Francisco le abrió, Toñito lo vio a los ojos y supo no necesitó preguntar. Bajó la cabeza, apretó los labios y se quedó parado en la puerta sin saber qué hacer.

Francisco le puso la mano en el hombro y le dijo, “Ayúdame a avisarle a la gente, muchacho.” Hermelinda llegó una hora después con Celeste. Sin decir nada, entró a la cocina y prendió el fogón. Puso a calentar agua para café. Preparó frijoles, hizo tortillas. hizo lo que Rosario hubiera hecho si estuviera viva, porque alguien tenía que hacerlo. El velorio fue en la capilla del pueblo, la misma donde Francisco y Rosario se casaron 40 años atrás. Vinieron los vecinos, los del tianguis, el señor del pan de yema, la mujer de los moles.

Vinieron todos los que los conocían, que en un pueblo así de chico era todo el mundo. Rosario estaba vestida con su reboso morado, el que usaba los domingos, y alguien le puso entre las manos una rama de jazmín del arbusto que ella misma había plantado en el patio. Francisco estuvo de pie junto a ella toda la noche. No habló, no lloró, se quedó ahí derecho con el sombrero en la mano como un soldado montando guardia. Al día siguiente, cuando todos se fueron y la casa quedó vacía de verdad, Francisco fue a la cómoda del cuarto.